Escrit fa una setmana

Fa temps que no escric. Ho faré per primera vegada en català, com si fos una redacció per alguna de les meves classes.

Acabo de sortir del CPNL del Carrer Mallorca. Acabo de conèixer la meva tutora de les classes a distància. M’ha semblat una persona molt maca. Hem estat parlant una bona estona sobre tots els exercisis que li vaig lliurar. També ha observat la meva expresió oral. M’ha dit que el meu nivell no està malament. La veritat és que m’estic esforçant massa i això s’ha de notar. A la feina tinc temps de parlar català quan vulgui, ja que hi ha molts clients que s’adrecen a mi en aquesta llengua.

La nit passada la intensitat del vent no em va deixar dormir tot el que volia. Tothom dit que de vegades, quan el temps cambia, bufa un vent terrible a Barcelona. Però el dia és bonic i lluminós, així que a la sortida del centre de català he decidit prendre un cafè amb llet i una ensaimada a un lloc que es troba a prop de l’Escola Indulstrial on alguna vegada m’agradaria estudiar joieria o ceràmica. Desprès em provaré alguns parells de sabates que he vist a una botiga d’aquest mateix carrer i que m’han agradat. Quan acabi les compres, tornaré a Esplugues; cal omplir una mica el rebost, sobre tot amb fruita. I a la tarda, com sempre, a la feina. Comença el consumisme atroç. Sembla que cada any el Nadal arriba abans, especialment a la secció infantil on treballo.

Salut!

Publicado en  on Noviembre 10, 2009 at 1:19 pm Comentarios (2)

Desasosiego

Me siento exactamente igual en algunos aspectos que cuando tenía dieciocho años y llenaba folios contando mi malestar por algún asunto que me desagradaba en casa, en los que expresaba, entre otras cosas,  las ganas que tenía de conquistar mi independencia y mi intimidad. Dicha conquista siempre ha sido para mí un objetivo, aunque debo reconocer que nunca lo he alcanzado al cien por cien. Al principio pretendía irme a estudiar fuera, lo cual no fue posible porque en casa éramos cuatro adolescentes estudiando al mismo tiempo y nadie tenía preferencias sobre otro -nos limitamos a escoger estudios que pudieran cursarse en nuestra localidad-. Nunca pude gozar de habitación propia, pues los dormitorios estaban dispuestos de dos en dos. Hasta ahí, lo acepto como una situación normal familiar; en contrapartida, buscaba mi sosiego en las largas tardes de invierno frente a mi escritorio, en los paseos dilatados por la ciudad, en mi propia mente, siempre evadiéndose en ensoñaciones. Más tarde, acabados mis estudios universitarios, la vida me llevó a otro lugar donde encontré mi espacio, a menudo compartido, pero más desahogado que antes. Una habitación propia por primera vez, decorada e iluminada a mi gusto, mía en ese instante, de nadie más, pagada con mi dinero. Y me sentía bien. Luego encontré una pequeña buhardilla donde me quedé a vivir en compañía libremente elegida y donde creo que fui bastante feliz, a pesar de la dureza de algunas situaciones. Me entristecía la sentencia de mamá las pocas veces que vino a vernos: “no me gusta vuestra casa, no se ve la calle desde allí”. Nos marchamos de la buhardilla cuando los libros y otras cosas ya no nos cabían bajo las camas. Encontramos un bonito piso en un bulevar, mucho más espacioso, lleno de luz, donde permanecimos hasta que nuestra relación ya no dio más de sí. Yo me quedé algún tiempo más. De nuevo volví a disponer de todo el espacio. Supe entonces con certeza que siempre podré seguir adelante por mí misma. Pero entonces las cosas cambiaron. Desaparecido el motivo que me había llevado hasta aquella ciudad, me sentí absolutamente perdida. Varias personas me animaron a mudarme de nuevo, a venir a vivir donde estoy ahora. Y aquí estoy, después de casi un año, con sus aventuras y desventuras, después del peor recibimiento que se me pudo hacer por parte de una persona tan próxima como mi propia hermana, después de haber reconquistado la calma y el bienestar, para caer de nuevo en una situación incómoda. El piso es de mamá. Eso lo complica todo. Por una parte, no pago renta mientras voy encontrando un modo más o menos digno de vida; por otra, tengo que cumplir sus condiciones. Normalmente me encuentro bien, excepto cuando ella viene de visita y se queda durante un tiempo. El último mes no ha sido agradable. No se doblega a nada. Nunca lo hará. Nunca admitirá sus errores. Me agota su tono de voz, su omnipresencia, su orgullo, su afán de dominio, su religiosidad. Me exaspera que la culpa de todo la tenga Tito, el gato, como si fuese una extensión de mi persona. Me angustia su habilidad para adelantar acontecimientos: “cuando esté enferma, lo natural será quedarme en casa de alguno de vosotros, por eso os aguanté yo de pequeños”. Es demasiado pronto para pensar en eso; sin embargo, nos ata corto. Siente ya que M. se haya marchado de la casa familiar, como si alguien -su pareja- le hubiese arrebatado algo que le pertenece. Tiene miedo de la soledad y se esconde en  la armadura que siempre ha llevado. Y yo, visto lo visto, adopto la postura de baronesa rampante y comienzo a buscar piso. Alea jacta est.

Publicado en  on Septiembre 14, 2009 at 1:03 pm Comentarios (5)

A ti

Si pudiera escribir sin palabras

Te pediría que leyeses, ahora,

La vainica sencilla que

Desciende hasta la curva ascendente de mi pecho

O la forma infantil de mis uñas sonrosadas,

Y que luego siguieses leyendo mis labios en silencio,

Sin detenerte,

Como si todo mi cuerpo fuese una novela

Que no se termina para tus ojos


Sálvame de la vida,

Tráeme el otoño que tanto deseo

Sin preguntarme nada

Publicado en  on Septiembre 10, 2009 at 4:26 pm Comentarios (2)

II

Ha habido canciones que han sido como parte de mi carne durante algún tiempo y que han supuesto distintos episodios de mi vida. A veces he vuelto a algunas de ellas y han determinado, renovadas, lejos de representar la nostalgia por un tiempo pasado, mi momento presente; ha habido otras que se han quedado para siempre, en mi evocación, en el ser de otras personas. De ese modo, además de que alguien fuera o sea para mí de tal o cual manera, también es una melodía, rasgo que se convierte en tan suyo como su propia voz.

Jamás me han abandonado las canciones de Frank Sinatra ni las de Elvis Presley. Jamás me abandonarán las canciones francesas de Edith Piaf, Charles Trénet, Yves Montand, Charles Aznavour y Jacques Brel. Hay un lugar en esta ciudad en el que todavía no he estado, decadente e íntimo, donde suena solamente la chanson. Es una taberna llamada Pastis, como la bebida anisada de Provenza. Además de ellas, en este momento me da por volver a escuchar a Fairground attraction, a Police y a Sting y, últimamente, escucho romances de enamorados, cantigas de amigo y canciones populares gallegas, poemas de Rosalía de Castro y de Álvaro Cunqueiro interpretados por Amancio Prada y descubro con alegría que algunas de esas piezas las cantaba de niña -Ay, linda amiga-, aunque no recuerdo con exactitud dónde las aprendí. También escucho a Serrat -Mediterráneo, Lucía- y a Lluís Llach -L’estaca, Abril del 74, Un núvol blanc-, además de llevar un tiempo ensimismada en los poemas de Lorca con música: La tarara, Los cuatro muleros, Anda jaleo, la Nana de Sevilla, y, sobre todo, obsesivamente, el Zorongo gitano. Escucho también con mucha frecuencia Il celo in una stanza, de Gino Paoli.

A veces cuando alguien me pregunta qué típo de música me gusta no sé exactamente qué responder, ya que mis gustos son muy variados, pero sí tengo muy claro lo que no me gusta o incluso me parece insoportable: el reggaeton y lo mákina. Tampoco me suele gustar el soul actual ni consigo que me acabe de gustar la ópera, aunque podría establecer alguna excepción. Supongo que como espectáculo total que es, lo apreciaría más si un día acudo al teatro a presenciar alguna. Mozart no me gusta más que cuando se pone sublime y The Beatles han llegado a cansarme. No me ha costado nunca escuchar, sin embargo, ni el flamenco ni el jazz, aunque supongo que hay grados de dificultad. Y de momento no me siento muy capaz de apreciar algunas piezas de música antigua o contemporánea, a las que mi hermano J. es aficionadísimo. Eso sí, coincido con él en que Thomas Tallis o Arvo Pärt pueden resultar maravillosos.

Publicado en  on Agosto 10, 2009 at 2:05 pm Comentarios (3)

I

De entre todas las artes, diría que la música es la que más puede llegar a emocionarme. No sólo por ser un código de ondas que se disuelven hasta el infinito en el aire y quedan impresas en el alma, sino porque la siento como una experiencia física, en el sentido más literal de la palabra, ya que es capaz de alcanzar cualquier vacío, incluido el de nuestro propio cuerpo, y utilizarlo como caja de resonancia. Recuerdo algunos momentos de mi vida con música en los que me he estremecido casi hasta las lágrimas: saber por primera vez de Syrinx de Debussy, del adagio assai del Concierto para piano de Ravel, de la Gymnopédie nº1 de Satie o del Concierto para piano nº2 de Rachmaninov -sin olvidar la Variación 18 sobre un tema de Paganini-; una mañana en la facultad, sentada en el suelo, a poco de alcanzar las vacaciones de Navidad y una pequeña comparsa de música tocando temas populares; una noche escuchando en directo a Milladoiro en el anfiteatro del parque de Castrelos de Vigo bajo una bóveda de estrellas saladas y fuegos artificiales; descubrir con certeza qué sentía mi corazón un atardecer de otoño con banda sonora de Pavana de Fauré mientras caminaba sola bajo la lluvia más dulce; al levantarme en mi casa de Oviedo un día soleado y sonar en el salón la BSO de la película Amélie, de Yan Tiersen; ser despertada cuando iba a visitar a G. entre margaritas y el Preludio en Re bemol mayor Op. 28, nº 15 -la gota de agua- de Chopin… entre tantos otros…

La definición más académica de Música que he conocido dice que es el “arte que se expresa combinando el sonido y el ritmo”. Me parece muy pobre. Más tarde, el mejor profesor que he tenido en la materia, hablando sobre todo de la época romántica, hizo referencia a la música como vehículo de expresión de sentimientos. La primera vez que oí eso era tan niña que no lo comprendí del todo, y no es que no comprendiera el concepto, sino que no estaba todavía preparada para el lenguaje. Hace mucho que sé que siempre he sido una sentimental, desde mucho antes, quizás, de tener uso de razón, desde que cada noche de verano, en la casa de los abuelos, salía a mirar la luna desde el balcón de mi habitación cuando todos dormían, desde aquellas vacaciones en la playa en que eché terriblemente de menos a R., sabiéndome enamoradísima de él con sólo ocho años.

He sido una privilegiada. En casa se escuchó buena música desde que nací. Papá se declaraba un músico frustrado. No pudo estudiar, pero supo siempre de la exquisitez. No sé cómo lo consiguió. Supongo que porque era una persona sumamente sensible e inteligente. Cantaba a menudo por casa algún tema del repertorio que había pertenecido a su pasado en los Cors de Clavé. El caso es que me levanté a la vida entre Falla, Stravinsky, Mussorgsky, Vivaldi y Tchaikovsky. A través de él comencé a imaginar la música como un halo azul que se elevaba hasta el cielo en corrientes arremolinadas. Por el otro lado familiar, el bisabuelo materno tocaba el violín y nos dejó como legado, entre otras cosas, un método datado en 1800. Al abuelo no hacía falta pedírselo mucho para que empezase a cantar, aunque todas sus melodías tenían las mismas características, pues cantaba fatal. Mamá no lo hace mal. Me gusta de ella que siempre tiene una melodía en los labios. De pequeños jugábamos a proponerle una palabra y sobre ella siempre encontraba una canción.

Publicado en  on Julio 30, 2009 at 6:04 am Dejar un comentario

Comenzado el verano, sigo aquí. No me moveré a ningún lugar que esté lejos, puesto que el trabajo no me lo permite, pero sí me gustaría poder visitar alguna mañana o un domingo lugares como Tarragona, Sitges o Cadaqués.

Algunos días ha hecho verdaderamente mucho calor, sobre todo cuando se aproximaba la revetlla de Sant Joan. Más tarde, unas jornadas de lluvia suavizaron lo elevado de las temperaturas. Hacía mucha falta, desde luego; la tierra y las almas tenían sed. De vez en cuando, sin previo aviso para quien desconoce el lenguaje de la naturaleza, estalla una tormenta. Encuentro que aquí no sabe llover como en otros lugares o, cuando lo hace, siempre supone una especie de desastre porque el agua se desborda y todo se encharca. La gente no lleva nunca el calzado adecuado. El jueves pasado, a pesar de llevar paraguas, me calé hasta los huesos. Tuve que volver a casa para cambiarme de ropa de arriba abajo. Y lo mismo le pasó a S., una chica asturiana compañera de trabajo. Pero ¡qué alegría la lluvia!, pensamos ambas a pesar de todo.

El granado dio tantísimas flores la primavera pasada que en otoño tendremos una buena cosecha de frutos. Ya se ven madurando incipientes, prietos, verdosos, redondos, brillantes, haciendo contrapeso con las ramas delgadas. El manto de enredaderas crece sin disciplina, aunque a menudo me da por enderezar su trayectoria. Necesito renovar la tierra. Me gustaría plantar unos cuantos rosales y rellenar los tiestos con geranios como los que vi alrededor del estanque central frente al Palau Reial. Aquel lugar, bajo la luz de un atardecer ya cálido, me pareció una postal antigua como las que mira la protagonista de la película El Sur mientras suena la Andaluza. Pero también me evocó a una mezcla entre los lienzos de Fortuny y la vegetación que imagino en la región italiana de Toscana.

Cada noche, cuando vuelvo a casa, me encanta observar las sombras de los pinos, ya oscurísimos, convertido su volumen en siluetas por la falta de luz, nítidamente recortadas en un fondo todavía iluminado color verdeazul, atravesado a veces como por anchas estelas doradas. Y pienso en ese cuadro de Magritte cuyo título nunca recuerdo, en el que la negrura profunda de unos árboles, una casa y un estanque, sugeridos sólo por la ayuda de la luz de una farola, se contrapone a un cielo claro.

Pasa el tiempo y va creciendo mi pelo poco a poco. Lo noto porque no me lo he cortado desde enero. Pero se ondula y se encoge. Quizás pronto ya tenga una media melena como la de Audrey Tautou en la foto.

Hungary Film

Publicado en  on Julio 19, 2009 at 11:40 am Comentarios (7)

Es temprano pero estoy pendiente de una llamada. Después de haber asistido a las clases de todo el curso de catalán que me corresponde, no puedo ir al examen que se convoca el día 30 porque esta semana he comenzado a trabajar de nuevo y mis horarios, para una y otra cosa, coinciden. Pero mi profesor me ha dicho que lo arreglaría y ayer recibí una llamada suya que no pude contestar y que quedó reflejada en un mensaje de voz en el que decía que quizás el examen para mí fuese hoy. Intenté llamarlo varias veces pero no pude localizarlo, y luego ya me pareció demasiado tarde para molestar a nadie. Mientras espero alguna noticia, me quedaré repasando los pronoms febles, la conjugación verbal, el vocabulario, etc. Si no pudiera hacer el examen, tampoco se acabaría el mundo por eso. Y no hay mal que por bien no venga; lo que estudie me servirá en cualquier caso. Ya es mucho que me hayan pasado al Elemental2 desde el Bàsic1. Ya es muchísimo lo que he podido aprender en poco más de dos meses.

El “Voluntariat per la llengua” es una iniciativa interesante y loable que no había conocido en otro lugar. Se trata de que un voluntari, una persona que dona su tiempo y sus conocimientos sobre el catalán a alguien que quiera aprender, quede con el interesado una vez por semana para tener una conversación distendida -en situaciones normales de habla-. Ayer J. -mi voluntari- y yo -su aprenenta- estuvimos hablando más del tiempo indicado y fue entretenido, ameno, interesante, instructivo e incluso divertido. Quizás no exista mejor ejemplo de normalización lingüística. Cuando se fue, incluso me habló de que las nubes que se veían a lo lejos, bajas hasta el horizonte, podrían darnos una sorpresa por la tarde a pesar de que en el momento en que me lo decía hacía un sol radiante. Y acertó; a la salida del trabajo, ya de noche, llovía y hasta me pareció agradable mojarme un poco para olvidar el calor del día, así que no me precipité a cruzar la avenida para esperar el tranvía, cuya parada, justo enfrente, albergaba a un grupo de personas reunidas bajo su marquesina a quienes no se les había ocurrido ni remotamente llevar un paraguas.

He recibido una llamada de mi profesor. Si me vuelve a llamar, el examen será hoy a las tres de la tarde; si no me llama más, será el próximo martes a la misma hora.

Publicado en  on Junio 26, 2009 at 1:22 pm Comentarios (2)

Publicado en  on Junio 22, 2009 at 12:47 pm Dejar un comentario

La rosaleda del parc Cervantes

Para E. en el día de su cumpleaños

Hace algo más de un mes nos acercamos una tarde de sábado o de domingo, ya no lo recuerdo, a la rosaleda. No podía estar muy lejos, ya que es un lugar que solía frecuentar de muy pequeña con mi familia y llegábamos allí caminando desde casa. El lugar se había borrado de mi memoria, pero sabía de él por las cosas que siempre cuenta mamá, aunque, según lo que dice, no se parece a lo que ella también conoció en otra época. Por eso y por otras razones quiero volver a disfrutarlo en su compañía.

Hace treinta años, por lo visto, apenas estaban diseñados los parterres y colocados los arcos, apenas plantados los primeros rosales o muy jóvenes todavía, apenas trazados los caminos entre las zonas verdes, apenas puestos los bancos donde sentarse. Hoy día la rosaleda es una isla abierta al cielo, un paraíso al final de la siempre frecuentadísima avenida, un alivio para el paisaje urbano y para el ajetreo. Como no la recordaba, como no la esperaba así, me sorprendió como si la hubiese visto por primera vez.

Llegamos allí como por intuición, pues no sabía exactamente dónde estaba. Justo en el límite entre nuestra población y el barrio de Pedralbes, cruzamos la Avinguda d’Esplugues y enseguida nos encontramos ante los setos que, discretos, indican la entrada al parque. Sabíamos que era allí porque había unos carteles que anunciaban el concurso anual de rosas, pero sobre todo porque, aún no habiendo podido ver nada de aquello, un aroma finísimo a polvillo de estambre contagiaba el aire más próximo.

El lugar se distribuye en una pendiente suave atravesada por senderos limitados por hileras plantadas de numerosas variedades de rosas clasificadas, de todo tamaño, aroma y color -blanco puro, crema, rosa tierno, malva, amarillo, naranja melocotón o llama, carmín, rojo intenso, jaspeado…- de pétalos rizados o lisos, de corolas abiertas o cerradas, de nombres y apellidos tan sugerentes y distinguidos como los de algunas personas. Las flores remontan también en un desorden ordenado, donde las dejan crecer más salvajes, las jambas y dinteles de estructuras de madera y curvas de arcos, se enredan en las separaciones de cada espacio o se dejan caer en cascadas escalonadas hasta que termina su dominio. En ocasiones, la mirada puede relajarse en un punto en el que sólo hay una alfombra de césped bien recortado, un olivo  de tronco retorcido y hojas plateadas o una blanquísima estatua sedente al estilo de las de Clarà. Nunca en toda mi vida había visto tantas rosas juntas. La sensación visual me llevó a algo semejante a los jardines de Monet o a los cuadros más coloristas de flores cultivadas o silvestres que pintaban los impresionistas, con la nota añadida, exuberante y magnífica, de la voile de parfum que nos emborrachaba agradablemente. Lo que lo hizo mágico fue la suma de sensaciones que nos rodeaban, una verdadera y completa experiencia plein air, la alegría del contacto con la naturaleza, aun a pesar de ser en la gran ciudad, y quizás, precisamente, por eso mismo.

rosaleda parque de cervantes

Publicado en  on Junio 19, 2009 at 4:00 pm Dejar un comentario

Regresos y progresos

A los que quiero

A mí misma

Hace tiempo, mucho tiempo, que mi estado anímico no era tan bueno. A menudo miro hacia atrás, no para recrearme dolorosamente en el pasado, sino para verlo todo con perspectiva, con objetividad, y me doy cuenta de que ahora no podría vivir como lo estaba haciendo hace un año o mucho más, ni en un lugar que por las circunstancias ya no me pertenecía. Lo perdí todo excepto a los amigos -el bien que se extiende ad infinitum-, y por eso mismo me quedó un vacío que volver a llenar, el principio de un espacio desde donde recomenzar una andanza. Lo arriesgué todo y gané en el intento.

También me he dado cuenta de algo que quizás hace tiempo había olvidado. Me di cuenta de que soy una persona vital como el sol -D., un ser adorable, dice que soy luminosa y que percibe en mí algo así como un aura color amarillo-, aunque con un punto inevitable de melancolía que se manifiesta a veces, la cicatriz que me ha dejado impresa el paisaje nunca horizontal de mi tierra, pero no triste como a menudo, hasta las lágrimas, lo había estado durante una eternidad. Debo agradecérselo al cosmos, al tiempo, a algunas personas, a la  bienhechora luz del Mediterráneo, a mi propia voluntad.

Nada ha sido fácil, nada lo sigue siendo. En algunos aspectos debo reinventarme. No tengo pareja y no importa; este momento es para mí. No tengo casa, pero sí un hogar. No tengo empleo pero ya he podido trabajar en tres lugares, en uno de los cuales se me ha recibido mejor que en toda mi vida -gracias, mis queridos profes-. No tengo coche, pero sí una buena red de transporte público que me lleva adonde quiero. No tengo dinero, pero sí la posibilidad de tenerlo y una gran fortuna en otros bienes. No tengo hermana pequeña, pero sí una deliciosa hermana mayor. No saldré de viaje este verano, pero podré visitar la maravillosa ciudad en la que vivo. No conocía a nadie, pero mi afecto se decanta ya por algunas personas. No sabía catalán, pero he avanzado como no imaginaba.

La manera de aprender algo es no sabiendo nada. La manera de aprender a vivir es siendo un inexperto y cometiendo errores. La manera de ser feliz es comprender que la vida no es más complicada de lo que queremos hacerla. Y la suerte, como no me canso de repetírselo a mis alumnos cuando los tengo, es el resultado de la suma de algo favorable con muchas dosis de trabajo personal.


Publicado en  on Junio 6, 2009 at 2:09 pm Comentarios (2)