Primer día de clase en empresas después de las vacaciones. Retomamos los conocimientos del curso pasado y comenzamos a estudiar temas más complejos. De camino, encuentro las matas silvestres que dejé verdes a finales de julio, completamente secas. Algo ha llovido, aunque nunca es suficiente. La humedad de la lluvia reciente ha propiciado que guirnaldas de caracolillos se encaramen con fuerza a los tallos dorados.

Anoche volvimos a casa después de una sesión de cine en una sala como las de antes. Fuera brillaban las aceras mojadas y sólo alguna gente advertida llevaba paraguas. Nada nos pareció más adecuado que ir a ver una película. El título: Una casa en Córcega, relato sobre una historia que podría ocurrirnos a cualquiera. Hace tiempo, mucho tiempo, que no busco fantasía en el séptimo arte, sino más bien recreación de la realidad, aunque a menudo la realidad resulta más fantástica que la ficción.

Me gusta participar de la luz natural en el aula cuando eso es posible. Ya no hace tanto calor, aunque el sol sigue luciendo espléndido. Septiembre siempre me ha parecido el mes más agradable. En cuanto a las clases, el primer día en cualquier lugar, aunque sea conocido, me devuelve los nervios de una primera vez. Nunca deja de ser una primera vez, si suponemos que el tiempo es lo que proporciona el aspecto de cambio. Siento algo como lo que creo que sienten los actores de teatro antes de salir a escena cada vez que comienza su espectáculo ante el público. Lejos de parecerme algo insuperable, lo interpreto como un cosquilleo necesario de ilusión, como la víspera de aquel primer día de escuela en que volveremos a ver a nuestros compañeros de pupitre.

Esta misma tarde comienzas tú también las clases de piano. Me hace tanta ilusión como si yo misma fuese la alumna. Nos veremos a la puesta de sol y volveremos juntos a casa.

Espero; me he pasado parte de mi vida esperando trenes, noticias, resultados, personas, amigos, amores, oportunidades, alumnos, nacimientos, muertes, pagos, justicia… Y dicen que lo bueno se hace esperar; a veces sí, sin duda. La espera, la paciencia, es algo que ha forjado tanto mi personalidad, que ha llegado a ser, junto con mi voluntad, el rasgo que considero más marcado de mi carácter. Si hubiese sido impaciente en muchas ocasiones o circunstancias, me habría perdido saborear en plenitud muchos eventos que me han servido para escribir tantas líneas.

Published in: on septiembre 18, 2013 at 11:20 am  Comments (1)  

Escrito la mañana de ayer

Después de la tormenta de anoche, ha vuelto la calma. A menudo la atmósfera revienta estrepitosamente como en un enfado, aunque es preciso y reconfortante saber que tal estado no puede extenderse indefinidamente. Hablo de la meteorología y hablo de mí misma. El día de ayer fue helado, lluvioso, ventoso, como queriendo cauterizar la tierra, limpiarla de impurezas, despojarse de todo lo que le sobra arrastrándolo muy lejos; mi cuerpo, al llegar a casa después del trabajo, se vació del todo como lo hicieron las nubes. Hacía mucho, muchísimo tiempo que no vomitaba tanto. Ni una gota de líquido, a pesar de la sed, toleraba mi estómago. Y así me quedé, en ayunas después de la purificación, temblorosa, destemplada y agotada pero renovada. Dos días atrás no me encontraba demasiado bien; preferí comer lo menos posible. La víspera, entre el trabajo, una mala noticia, las bajas presiones y mi malestar, hasta olvidé la primera clase que tenía apalabrada con un alumno nuevo. Por eso ayer no podía faltar, además de ofrecerle mis disculpas. Cosas que pasan, en realidad nada grave. Y ahora mismo, a la mañana siguiente, aunque el esfuerzo de pulsar las teclas para escribir es mínimo, me siento terriblemente cansada, aunque no podía permanecer ya más tiempo en la cama. No hay nada más aburrido que estar enfermo.

El plan del fin de semana era visitar un pueblecito de Francia, región Midi-Pyrénées, departamento de Ariège. Mirepoix por sí mismo es un lugar con encanto, pero se encuentra entre dos de los pueblos más bonitos del país, Camon y Saint-Lizier. No me encuentro con fuerzas para ir y se habla hasta de nieve. Será mejor descansar y viajar más adelante en plena forma.

He soñado, entre mil desvelos, que conocía a J. He soñado también que en una tiendecita china donde arreglaban piezas de ropa y donde vendían algunos objetos preciosos a precios bajos por tener algún defecto en el embalaje, -yo iba en busca de una polvera de maquillaje que vi en el escaparate, tan hermosa como un cuento oriental- en el momento de marcharme después de pagar, la dependienta me regalaba unas cuantas moneditas simbólicas, sin valor para la compraventa, entre las que se encontraba un amuleto redondo y plano, del mismo diámetro. Sonreí. Mamá se santiguaba, queriendo ignorar el valor de todo aquello que no fuese la invocación a su dios por medio de su religión para la demanda de todo posible beneficio. Daba igual. J y yo íbamos a comer a un restaurante y participábamos en un sorteo donde ganamos algún dinero. Por otra parte, constataba con pena, que había perdido el bolso amarillo de piel y con él el apreciado frasco de perfume que recibí como regalo de Reyes y el pañuelo beige de algodón crujiente con dibujos verdes que a veces ato a mi cuello. Más tarde atravesaba con éxito las vías del tren y alcanzaba la acera junto a la que pasaba el autobús que tenía que coger para acudir a un examen importante. J desaparecía entonces de lo soñado, pero estaba presente a mi lado en la vigilia para garantizarme todos sus cuidados.

Vivo entre dos lugares. La casa donde ya paso la mayor parte de mi tiempo es un bajo soleado cercano al mar, con grandes ventanas que dan a una calle tranquila con nombre de rey antiguo. Adornan las aceras naranjos jóvenes y tras algunas casas de planta baja se distinguen varias palmeras danzantes los días de brisa, esa brisa que a veces, según dicen los del lugar, trae olor a chocolate.

Anglada Camarasa-tormenta

Published in: on marzo 2, 2013 at 3:13 pm  Dejar un comentario  

Son las 7, demasiado temprano para alguien que todavía no tiene que madrugar. Hoy mismo, sin horario pero sin demora, recuperaré mis contactos para empezar a dar clases lo antes posible, ya que en todo el verano no he cobrado ni un céntimo.

Me desperté sumida en la angustia e incertidumbre de una pesadilla que me pareció larga, aunque ignoro el tiempo que debió de durar. Mi estado de ánimo en la actualidad es bueno, por más que a veces, justo en la bonanza, parece que el bienestar de la vigilia dé paso a la sucesión de imágenes desagradables en el sueño. No sé a qué se debe, pero me ha ocurrido a menudo. Lo mejor es dejar que pase. Ahora, despierta, aprecio la calma de un vecindario que todavía no se ha desperezado del todo, aunque puedo apreciar el sonido metálico de una cucharilla contra una taza que casi con seguridad contiene el café del desayuno y la tos matutina del padre de esos dos niños tan traviesos de quienes conozco casi todo excepto la forma y los rasgos de sus caras, pues nunca los he visto a pesar de lo cerca que los noto.

Hago uso de una bonita pluma y de papel de calidad. Veo cómo la tinta se va secando a medida que escribo. Ambas cosas supusieron regalos de hace un tiempo.. Recuerdo las palabras de un amigo cuando decía que los pobres no podemos permitirnos el lujo de tener cosas malas. Y es cierto, en realidad lo malo a menudo se paga muy caro. No alcanzo todavía el mileurismo y no sé cuándo llegará ese día, pero lejos de quejarme, me siento afortunada. Toda mi vida he sido tan austera como ahora y por eso mismo apenas noto la crisis si no es porque se habla de ella a todas horas y en toda circunstancia. Y encima digo a mi favor que mientras la situación de paro se ha endurecido paulatinamente en todo el Estado, yo continúo con mi ocupación del curso pasado, lo cual no sé si agradecer a la suerte, ya que lo que tengo es producto de un esfuerzo constante y de una dedicación plena.

 *

Las vacaciones de verano fueron muy agradables. Repartí mi tiempo libre entre Euskadi y Galicia. En Euskadi me quedé con A en su casa de Berango, un pueblo próximo a la capital bilbaína. Poco tiempo estuve en Bilbao, pero sí visité una zona que desconocía y que me sorprendió: la costa occidental vizcaína. Como el tiempo fue magnífico en esos días, aprovechamos para ir a algunas playas cercanas; se estaba bien junto al mar tomando el sol y charlando sobre cosas de la vida. A y yo hacía ya mucho tiempo que no compartíamos impresiones. El encuentro nos vino bien a ambas. Luego partimos juntas a Galicia.

En los pueblos donde viven nuestros padres hacía, como siempre por estas fechas, mucho calor, pero la atmósfera olía a hojas verdes, a cosecha de fruta y a tierra. Mamá se portó muy bien conmigo y eso me hizo sentirme contenta y relajada. Haber hecho uso de mi asertividad con ella, no sólo no estuvo de más, sino que fue el mejor remedio para una convivencia en armonía y concordia los pocos días que duró mi visita. El resto del tiempo lo repartí entre Santiago de Compostela -siempre antigua, siempre nueva- y Vigo.. En Compostela me di el capricho de comprarme un precioso anillo de plata de ley y azabache en una joyería de la Rúa do Vilar. Más tarde, la llegada a Vigo en tren, navegando casi sobre los raíles ¡Qué alegría me supone siempre alcanzar ese mar amado! En la estación, la gratísima presencia de M con su preciosa niña que ahora tiene once meses. Para ella, unos zapatitos de charol rojo; para M, una pulsera de guipur con tréboles de hojas color azul turquesa.

Atravesar la ría en barco, instante eterno, y ver a D esperando en la estación marítima. El abrazo, las palabras, los silencios, los regalos como muestra de aprecio. Desayunar juntos en un café tranquilo con buena música, compartir el amargor fresquísimo de una Estrella de Galicia mientras comemos, un helado magnífico frente a la playa y pasar la tarde en La vie en Rose, donde la dueña, una belga enamorada del Morrazo, accede a una amena conversación en francés conmigo y me pone canciones que conozco bien.

Vuelvo a casa de mamá y pasamos una tarde con M y A, a los que hacía algunos años que no veía pero con quienes me pareció retomar, suprimiendo la ilusión del tiempo, una charla que bien pudiéramos haber dejado suspendida el día antes.

Ya no quedaban plazas en el tren diurno para volver y lo hice por la noche. A pesar de las comodidades que ofrece el tren hotel, apenas pegué ojo, con lo cual tuve que descansar todo el día siguiente en mi cama y, bueno ¡qué alegría poder haberlo hecho así!

Ya he celebrado mi 38 cumpleaños y agosto ha pasado sin pena y con gloria.

Y ahora, la rentrée.

Published in: on septiembre 6, 2012 at 8:23 pm  Comments (2)  

Escrito el 23/05/12

Anoche dormí mucho. Tenía mucho sueño antes de irme a la cama, aunque no era tan tarde como otros días. Y hoy me he levantado bastante cansada también. Ahora mismo apenas falta un cuarto de hora para entrar al trabajo y sin embargo mis ojos me piden dormir la siesta. Supongo que estos cambios tan bruscos de tiempo -diferencias de 10 grados en alza o en baja- me desestabilizan notablemente. Hoy luce el sol, mientras que ayer estuvo tan nublado que parecía que que el cielo pesaba sobre la ciudad. El bochorno dificultaba los pasos como si el aire fuese tan denso que hubiese que empujarlo con fuerza. Al regresar a casa había una luz extrañísima en la calle, mezcla de crepúsculo y tormenta. El cielo encendido y, sobre las casas, un magnífico y estilizado arco iris. Antes de encender la lámpara, dejé el salón sumergido unos instantes bajo la luz violeta que entraba por el jardín. Parecía que sólo hablase el viento, por momentos como con violencia irritante.

Vuelan mariposas claras sobre los raíles. Poco falta ya para el final de curso.

Anoche soñé que todavía me faltaba mucho para ser licenciada -lo soy desde 1998-. Recorría los pasillos de una facultad ficticia y me quejaba de los resultados que había obtenido en la asignatura de Lengua. Los sueños son extraños. Un aviso anuncia que se desconvoca la huelga de trenes.

He creado recientemente otro espacio donde iré exponiendo imágenes sobre piezas que he elaborado. Como algunas personas me han demostrado su interés por conocerlas o tener acceso a ellas, me he decidido a crear la página http://corences.blogspot.com.es/. Le he puesto por título Cor encès, por una parte en homenaje a una serie de piezas montadas con corazones y por otra, dedicada a Esplugues, donde aprendí a hacerlas y donde recomenzó mi vida hace tres años y medio, y por extensión a Barcelona y Cataluña, pues ya he adoptado su idioma como una forma más de expresión y de cultura.

Published in: on junio 3, 2012 at 11:14 am  Comments (1)  

Sin duda escribir es un hábito, como lo son gran parte de los actos vitales. Sé que debería retomar la escritura de un modo regular, lo sé, la escritura como expresión, como terapia, como reordenamiento de pensamientos y recuerdos que a menudo llegan a la mente sin orden ni concierto, como recreación de la realidad, como modo de no perder la corrección escrita, tantas veces descuidada en estos tiempos. No me parece un mal momento, en absoluto, hacerlo en el tiempo que discurre entre que llego a la estación y la entrada al trabajo; a menudo los horarios del transporte público no se adaptan a los nuestros propios. Y así, después de haber terminado la ensalada que me he acordado de meter en la bolsa de los libros, he cogido el cuaderno de turno, del que muy pronto se extinguirá el papel en blanco, y me he puesto a redactar unas líneas.

Desde casa se veía el cielo encapotado; aquí mismo, el sol ilumina los espacios que no tapa la marquesina, mientras los trenes de ida y vuelta van pasando casi silenciosos si no se les presta atención, pero transportan sombras y claridades que parecían fijas, de manera que hasta con los ojos cerrados podría intuir su paso hasta el tramo exacto donde se detienen.

Falta un cuarto de hora para que la clase comience. Como debo atravesar un patio grande, me dispongo a entrar. Volveré a ver los árboles de siempre ya sin flores, empolvadas sus hojas tiernas con las partículas de la fábrica que remueve el viento. Y, de vuelta a casa, la transcripción.

 *

Hace semanas que los almendros tienen hojas. Apuntan sus frutos como envueltos en terciopelo, tiernos todavía, formándose. He podido observar en nuestro granado los primeros botones que serán flores de un anaranjado intenso. El jazmín, en un rincón soleado, comienza a estirar sus brazos por las paredes como despertando de una siesta. Ha llovido recientemente y, con la lluvia, han vuelto los aromas.

El trocito de planta crasa que parece una rosa de carne verde, recogido el otro día en el patio, sobrante de algún arreglo de otro piso, ha enraizado bien y crece en proporciones áureas. Me maravilla. Los dos primeros indicios de flores de gardenia, la más consentida. Recorto dos esquejes de un geranio que se ha vuelto tan grande que desequilibraba el peso de la base. Rompen la tierra brotes desconocidos. Terminado el curso de bisutería -diseño, creación de cuentas y montaje-, empiezo uno de cerámica escultórica.

Published in: on mayo 11, 2012 at 8:13 am  Comments (1)  

en una estación

Espero la hora de entrada en la estación desierta. Me da por pensar que su nombre quizás haga referencia a una encrucijada de caminos, es lo más posible. Es como un lugar en medio de ninguna parte y al mismo tiempo cerca de todo. El valle se extiende tan amplio que no alcanzo a ver sus contornos en el horizonte pero, no muy lejos, distingo el edificio Walden, rojo y chato como aquella montaña sagrada de Australia que los indígenas llaman Uluru. Si la vista continúa mirando hacia la derecha, diviso con claridad uno de los costados de una de las torres Símbol y sé que a unos metros, cruzando casi de un salto la calle Alegría, está nuestra casa, un bajo tranquilo, a estas horas solitario y silencioso.

Hace un sol clarísimo y la temperatura es indicio de primavera inminente. Evoco el aroma del jazmín, impulsado mi olfato por la impresión del perfume fundido con mi piel. A la vuelta veré desde la ventanilla del tren los primeros almendros florecidos, de pétalos blancos rotos por venillas rojas.

Nada está lejos y, sin embargo, las distancias se hacen inmensas. Escucho música hasta que consigo aprender de memoria las canciones. A veces las articulo con la boca sin hacer ningún ruido. La gente se adormila a estas horas y se dejan llevar por el suave traqueteo hasta la estación término.

Anochece bastante más tarde y refresca cuando está oscuro. Todavía permanezco en la habitación del edredón de plumas.

Vías y catenarias. Algunas placas con números que no sé qué significan. Ya está activado de nuevo mi pase para acceder a las oficinas. Siempre hace tanto calor allí dentro que parece que uno vaya a enfermar de angustia. Pero algo diferente me comprime el corazón. Él ha resgresado y nos veremos pronto. A veces todo me molesta de un modo tan placentero como lo hacía en la adolescencia. Noto a cada instante cómo fluye la vida.

Published in: on febrero 23, 2012 at 12:50 pm  Comments (1)  

frío

Es extraño despertar en una habitación que no es la tuya. Hace unos días me trasladé al cuarto que reservamos para cuando viene mamá o alguien se queda a dormir. El motivo no fue otro que el frío. Si bien la casa tras la reforma ha quedado estupenda, le falta la calefacción, lo cual no considerábamos del todo necesario porque los inviernos no suelen ser muy crudos aquí. Pero estos días han sido helados y la cama del cuarto de al lado está vestida con el mejor edredón de la casa, de relleno de plumas, ligero y cálido.

Cuando la luz de un nuevo día se cuela por los agujerillos de las rendijas de la persiana entreabierta y soy consciente de ello, no comprendo al principio la posición de la ventana o de la puerta, como si el mundo se hubiese girado sin mí, como si despertase en un lugar del todo desconocido. Me ocurre lo mismo tras una noche de hotel o en estancias que ocupo en los días de vacaciones que, aunque reconozco tan bien desde la infancia, a menudo me parecen nuevas cuando vuelvo a ellas después de algún tiempo. Y es que el tiempo lo cambia todo y hace que las cosas, bajo la impresión de ser repetidas -nunca es así exactamente- siempre sean nuevas y diferentes.

Atrás quedaron las habitaciones que ocupé en otro tiempo, en otras casas. Y se presenta de modo recurrente una de ellas en mis sueños, la habitación de la casa de Vigo, el piso cuyo balcón en veano olía a una mezcla entre salitre y gardenia, la que recuerdo mejor, en la que permanecí más tiempo. Era una habitación grande al fondo de un pasillo con suelo de cerámica vidriada haciendo dibujos, en la que la humedad del invierno nos calaba los huesos, la que yo decidí que un día pintasen de amarillo, la del armario de haya que ocupaba uno de los lados, la misma que desde la ventana junto a la que dormía, daba al patio de suelo anaranjado, tantísimas veces bañado por la lluvia, resplandeciente. Aquélla que al principio tenía todos los muebles desiguales y un papel de pared de muy mal gusto y que, con el tiempo, fue cambiando, a medida que mi hermana y yo crecíamos.

Published in: on febrero 14, 2012 at 11:14 am  Dejar un comentario  

frente a la chimenea

Lo sé; hace tiempo que no escribo. A veces ocurre que, aun teniendo muchas vivencias que contar, uno no tiene el impulso de hacerlo o no encuentra el momento preciso. No busco una disculpa, simplemente es así. El caso es que ahora me pongo a teclear y no sé muy bien por qué. Da igual, siempre me gusta volver a hacerlo.

Es temprano y sin embargo el cielo se ha encerrado como alguien en una habitación oscura, aunque todavía quedan muchas cosas por hacer antes de irse a dormir. Todavía había un poco de claridad cuando barrí la hojarasca dorada que se había quedado entre los rincones de las sillas, la mesa y las jardineras del patio. No he olvidado rellenar los pulverizadores de agua mineral; las gardenias no soportan el cloro ni la cal pero, si se las cuida de otro modo, sus hojas lucen oscuras y preciosas. El barrio está en silencio y todos los pájaros se han callado.

Los días festivos han transcurrido con tranquilidad, lo cual agradezco. Tan sólo hemos estado J y yo sentados a la mesa en las comidas y las cenas, con la excepción de un día en que vino M y otro en que invitamos a cenar a E. Mamá tiene una buena lesión en la rodilla y no ha podido venir esta Navidad. La operan la semana que viene. Se quedó en Galicia con la otra parte de la familia. No la hemos echado de menos, no nos deja respirar cuando viene. Es mucho mejor mantener la concordia a distancia, como ocurrió con P en su día; la lejanía nos ha unido mucho. A menudo suelo pensar que la distancia es el camino para el regreso, en algún sentido. Los días más importantes nos citamos a una hora por Skype para vernos y hablar. Los dos niños están muy bonitos; caritas redondas y cabellos sanos, siempre curiosos e inquietos. M ya habla correctamente tres lenguas y S ya dice muchas cosas, aunque se muestran tímidos ante sus tíos. Pero siempre tienen juguetes que enseñarnos. Me falta su contacto porque quisiera abrazarlos, sentir su olor y contarles cuentos o historias antes de dormir, o también enseñarlos a dibujar. En verano nos veremos y relativamente ya no queda tanto.

Hace un trimestre que me dedico a la docencia del francés para ejecutivos de empresas. También tengo a un grupito de niños a mi cargo en una pequeña escuela de idiomas de un municipio cercano. Y mi nombre continúa en las listas de proferores interinos y sustitutos del departamento de ensenyament, en espera de que el tiempo vaya asignando plazas a los candidatos. Paciencia. De momento estoy contenta y satisfecha con lo que hago, sobre todo después de buscar empleo con ahínco. Si nada lo impide, permaneceré en los mismos lugares todo el curso, además de que, por primera vez, soy la profesora titular.

 Escucho a Sopa de Cabra, a Anna Roig, a Zaz y a Vanessa Paradis en su Une nuit a Versailles. Y apuro los últimos días de vacaciones en espera de la llegada de los Reyes Magos.

Published in: on enero 3, 2012 at 8:06 pm  Comments (2)  

Feliz Año Nuevo

Published in: on enero 2, 2012 at 11:15 am  Comments (1)  

II

El verano transcurrió entre burocracia y un breve viaje a Galicia.

Terminados los exámenes de oposiciones y habiendo sabido los resultados -suspenso, lo cual podía fácilmente esperarme dado el poco tiempo que llevaba estudiando- me puse a investigar cómo había que hacer para llegar a formar parte de la lista de profesores “en reserva”, a quienes pueden ir llamando por orden en un momento u otro. Los requisitos los cumplía todos -ser licenciada, tener el CAP o equivalente y ser poseedora del nivell C de llengua catalana-, y a pesar de ello, la cosa no resultó fácil, lo cual también me esperaba de antemano, ya que no fueron pocos asuntos que tuve alegar, aportar, demostrar, firmar, compulsar… La primera vez que fui a apuntarme, no conseguí dejar el proceso cerrado -típico de la administración en este país-; la segunda, finalizado ya el mes de julio, supuso un “admès” en la bolsa. He podido apuntarme por dos especialidades, Lengua castellana y literatura y Francés. En la primera figuro muy lejos en la lista; en la segunda, apenas tengo cincuenta personas delante, así que todo puede ser; es cuestión de esperar, supongo.

La llegada de agosto. La ciudad se vacía y hace mucho calor, pero también es el momento de acercarse hasta el mar a la hora del atardecer y de permanecer charlando en un terraza tomando cerveza fría hasta bien entrada la madrugada. Ya no hay prisa. Ya no me pongo el reloj. Pienso en Galicia, adonde no he vuelto desde que llegué a Barcelona -hace ya tres años-, puesto que los dos veranos anteriores me tocó trabajar. Pero el último decido tomármelo libre; ha sido intenso el esfuerzo de estudiar, tanto para conseguir mi título de catalán, que obtuve en febrero, como para luego presentarme al examen de oposiciones. Buscaré trabajo a mi vuelta. Mientras tanto, sólo pienso en el momento presente.

Llegada a Petín con casi cuarenta grados. El calor es sofocante y hace un sol de justicia, pero no hay humedad ni contaminación. Huele a higuera, hoja de vid e insectos. El interior de la casa está fresco. Le enseño a E nuestra habitación y cada estancia. Incluso a mí, todo me parece una novedad. Por fin mamá ha colgado los cuadros que se trajo de la casa de Vigo. Se muestra amable con E, pero arisca conmigo. Respecto a eso, nada ha cambiado. Sé que jamás podré convivir cordialmente con ella. Sólo me habla del JMJ y de la visita del papa a Madrid. Nada más llegar, me exaspera -discute hasta mi manera de hacer un bocadillo-, por eso he decidido quedarme pocos días.

El mar de Vigo, después de haber dejado atrás los ríos verdes que surcan la provincia de Ourense. El mar, de nuevo el mar y la emoción del paisaje repartido en colinas. La frescura de una noche estrellada, el abrazo infinito a dos amigos -casi tres, pues a M le queda apenas un mes de embarazo-. Les regalo una caja de música con una melodía desconocida. Y me siento muy feliz.

Published in: on noviembre 1, 2011 at 1:32 pm  Comments (2)  
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