Para E. en el día de su cumpleaños
Hace algo más de un mes nos acercamos una tarde de sábado o de domingo, ya no lo recuerdo, a la rosaleda. No podía estar muy lejos, ya que es un lugar que solía frecuentar de muy pequeña con mi familia y llegábamos allí caminando desde casa. El lugar se había borrado de mi memoria, pero sabía de él por las cosas que siempre cuenta mamá, aunque, según lo que dice, no se parece a lo que ella también conoció en otra época. Por eso y por otras razones quiero volver a disfrutarlo en su compañía.
Hace treinta años, por lo visto, apenas estaban diseñados los parterres y colocados los arcos, apenas plantados los primeros rosales o muy jóvenes todavía, apenas trazados los caminos entre las zonas verdes, apenas puestos los bancos donde sentarse. Hoy día la rosaleda es una isla abierta al cielo, un paraíso al final de la siempre frecuentadísima avenida, un alivio para el paisaje urbano y para el ajetreo. Como no la recordaba, como no la esperaba así, me sorprendió como si la hubiese visto por primera vez.
Llegamos allí como por intuición, pues no sabía exactamente dónde estaba. Justo en el límite entre nuestra población y el barrio de Pedralbes, cruzamos la Avinguda d’Esplugues y enseguida nos encontramos ante los setos que, discretos, indican la entrada al parque. Sabíamos que era allí porque había unos carteles que anunciaban el concurso anual de rosas, pero sobre todo porque, aún no habiendo podido ver nada de aquello, un aroma finísimo a polvillo de estambre contagiaba el aire más próximo.
El lugar se distribuye en una pendiente suave atravesada por senderos limitados por hileras plantadas de numerosas variedades de rosas clasificadas, de todo tamaño, aroma y color -blanco puro, crema, rosa tierno, malva, amarillo, naranja melocotón o llama, carmín, rojo intenso, jaspeado…- de pétalos rizados o lisos, de corolas abiertas o cerradas, de nombres y apellidos tan sugerentes y distinguidos como los de algunas personas. Las flores remontan también en un desorden ordenado, donde las dejan crecer más salvajes, las jambas y dinteles de estructuras de madera y curvas de arcos, se enredan en las separaciones de cada espacio o se dejan caer en cascadas escalonadas hasta que termina su dominio. En ocasiones, la mirada puede relajarse en un punto en el que sólo hay una alfombra de césped bien recortado, un olivo de tronco retorcido y hojas plateadas o una blanquísima estatua sedente al estilo de las de Clarà. Nunca en toda mi vida había visto tantas rosas juntas. La sensación visual me llevó a algo semejante a los jardines de Monet o a los cuadros más coloristas de flores cultivadas o silvestres que pintaban los impresionistas, con la nota añadida, exuberante y magnífica, de la voile de parfum que nos emborrachaba agradablemente. Lo que lo hizo mágico fue la suma de sensaciones que nos rodeaban, una verdadera y completa experiencia plein air, la alegría del contacto con la naturaleza, aun a pesar de ser en la gran ciudad, y quizás, precisamente, por eso mismo.
