Después de un largo café en un lugar recoleto iluminado con el suave resplandor de lamparillas de libélulas salimos en busca de la caricia del mar, pero llovía tanto que nos quedamos esperando a que pasase el aguacero bajo unos arcos. Y entonces me arrastraste dulcemente hasta ti y ocurrió el beso, sujetos los paraguas con tus manos sobre mi espalda enlazada por tus brazos. Y allí nos quedamos en un espacio sin tiempo, inmóvil todo cuanto nos rodeaba, ignorado el mundo más allá de los límites de nuestra piel.
Enamorarse es volver siempre a lo mejor de nosotros mismos.
Hace unos días estuve paseando por Juchitán, Oaxaca, de la mano de R. sin moverme de la silla. Ventajas de este medio. Juchitán es una extensión de infinidad de casas bajas cuyo mapa se parte en cuadraditos más o menos irregulares que parecen, desde el cielo, las teselas de un mosaico. El río, que irrumpe por la derecha, deshace la linealidad de las “cuadras” con su contrapunto ondulante. Atravesé el puente peatonal y estuve unos instantes en el parque y en el mercado, antes de llegar al reposo de la sombra de un zapote. Agaves azules y verdes; mezcal y tequila.
R. tiene acento de chocolate y aspecto de brisa dorada. Su país de ámbar y turquesa sabe celebrar a los muertos con azúcar y colorear con tonos vivos un sentido de la existencia que nosotros -pese al desarrollo- no conocemos al otro lado del océano.
Todavía faltan unas horas para el amanecer. He decidido levantarme porque me he desvelado y, en vez de ponerme a leer el libro que ya había cogido de la estantería, finalmente he optado por escribir hasta que me entre de nuevo el sueño.
Este lunes será un día intenso, me temo. Aparte de las clases que tengo que dar, debo hacer promoción de la oferta de un nuevo Centro Social que se abre en la ciudad donde -si las cosas van bien y hay demanda suficiente- la actividad de Francés estará a mi cargo. También tengo que sacarme fotos para el DNI -caducado hace más de un año- y guardar cola en la Policía para tramitar el documento. Y toca pagar el alquiler y el recibo del agua, además de dejar preparada una exposición de dibujos de niños para el próximo Día del Libro. Todo se andará… Adelante, pero sin correr, no vaya a ser que me caiga…
La canción de Maná me recuerda, en cierto sentido, a la hermosa película de Patrice Leconte La viuda de Saint-Pierre. Y a su vez, el cartel de esa película, me lleva al cuadro de Friedrich de un hombre ante el mar.
Artista: Maná
Album: Luna
Canción: En el muelle de san Blas
Ella despidió a su amor
El partió en un barco en el muelle de san Blas
Él juró que volvería
Y empapada en llanto ella juró que esperaría
Miles de lunas pasaron
Y siempre ella estaba en el muelle
Esperando
Muchas tardes se anidaron
Se anidaron en su pelo
Y en sus labios
Llevaba el mismo vestido
Y por si él volviera no se fuera a equivocar
Los cangrejos le mordían
Su ropaje, su tristeza y su ilusión
Y el tiempo se escurrió
Y sus ojos se le llenaron de amaneceres
Y del mar se enamoró
Y su cuerpo se enraizó
En el muelle
Sola
Sola en el olvido
Sola
Sola con su espíritu
Sola
Sola con su amor el mar
Sola
En el muelle de san Blas
Su cabello se blanqueó
Pero ningún barco a su amor le devolvía
Y en el pueblo le decían
Le decían la loca del muelle de san Blas
Y una tarde de abril
La intentaron transladar al manicomio
Nadie la pudo arrancar
Y del mar nunca jamás la separaron
Sola
Sola en el olvido
Sola
Sola con su espíritu
Sola
Sola con su amor el mar
Sola
En el muelle de san Blas
Sola en el olvido
Sola con su espíritu
Sola con su amor el mar
Sola
Sola en el olvido
Sola
Sola con su espíritu
Sola
Sola con su amor el mar
Sola
En el muelle de san Blas
Se quedó
Se quedó
Sola, sola
Se quedó
Se quedó
Con el sol y con el mar
Se quedó ahí
Se quedó hasta el fin
Se quedó ahí
Se quedó en el muelle de san Blas