a Faustino Guillén Almarcha, una estrella
Con él supe lo que es la vida y también lo que es la muerte. Una tarde de agosto nací de una parte de su carne; una mañana de abril asistí a una despedida lenta e infinita que el tiempo jamás sabrá medir exactamente.
Cuando todavía tenía el don de la palabra, solía contar lo bien hecha, pequeña y redondita que era cuando nací. Como mi familia no vivía en aquella época en mi ciudad natal, mi padre había comprado unas postales y un bolígrafo para hacer partícipes del feliz evento a algunas personas queridas. Me regaló aquel Parker color burdeos el día de mi veinte cumpleaños, aquella tarde tibia con aroma a rosas de té, y lo conservo intacto como piedra preciosa y eterna.
Me fui levantando a la vida siguiendo el rastro de la música que ponía en el radiocasette antiguo del salón soleado las mañanas que no había trabajo ni colegio y permanecíamos en la cama hasta tarde. Sonaba música de ballet, Vivaldi, Stravinsky o Falla.
Nos llevó la primera vez al cine. Fuimos a ver Bambi y no quise volver otras veces porque “no me gustaban las de marcianos”.
Recuerdo el metro en la gran ciudad, el calor, el ruido, la gente buscando una sombra y él parándose conmigo bajo la marquesina de un quiosco para proporcionarme un bálsamo, una tregua de aire fresco bajo una luz mediterránea intensísima. Me compraba un helado de corte y me decía: “shhh, no digas nada, es un secreto”, y yo, tan pequeña, me sentía la persona más importante del mundo. Una tarde, de su mano, me detuve en una farmacia y quise ser tan niña como el día del helado: “Papá, cómprame un chupete que aún soy pequeña”. Accedió gustoso a mi capricho y seguramente se había llevado además una cajita de pastillas Juanola o Valda (desde 1901), que tanto le gustaban.
En una ocasión lo perdí todo jugando al parchís y cuando mis hermanos se habían ido ya a dormir y nos quedamos solos en el salón, me puso en la mano la calderilla que había ganado con su juego. Me fui a la cama llorando de emoción.
En las paredes de mi casa recuerdo siempre colgadas dos máscaras de teatro y una Atenea modeladas por él. Las mismas paredes ostentan aguadas de tinta china y acuarelas firmadas con el apellido de la familia paterna, obra de aquel hermano suyo tan buena persona, artista, gran jugador de ajedrez y aficionado a la fotografía del que hablaba con un cariño inmenso y que la tuberculosis me impidió llegar a conocer.
El desván, un paraíso en ruinas desde que sus pies y su pensamiento dejaron de caminar, se queda esperando inútilmente a que inmortalice mi rostro en arcilla. Pero reposan allí sus marionetas y sus aviones, sus mecanos y herramientas, sus cajas llenas de tubos de óleo, carboncillo, sanguina y barritas conté, sus dardos, su carabina y sus cañas de pescar, que deben quedarse hablando muy bien de él cada vez que cerramos la puerta antes de bajar.
Tengo el corazón herido de gratitud y de dolor. Quiero imaginar que vuelves caminando por el pasillo en zapatillas y nos llevas poniendo nuestros pies infantiles sobre los tuyos, después de habernos dado un beso en la mejilla sin haber retirado la espuma de afeitar de sales.
La melancolía de un instante y la imperfección eterna.
Triste, llena de añoranza y hermosa narrativa. Un beso de ánimo par ti y todos aquellos que como yo perdimos a nuestros padres.
JUAN