México

Hace unos días estuve paseando por Juchitán, Oaxaca, de la mano de R. sin moverme de la silla. Ventajas de este medio. Juchitán es una extensión de infinidad de casas bajas cuyo mapa se parte en cuadraditos más o menos irregulares que parecen, desde el cielo, las teselas de un mosaico. El río, que irrumpe por la derecha, deshace la linealidad de las “cuadras” con su contrapunto ondulante. Atravesé el puente peatonal y estuve unos instantes en el parque y en el mercado, antes de llegar al reposo de la sombra de un zapote. Agaves azules y verdes; mezcal y tequila.

 

R. tiene acento de chocolate y aspecto de brisa dorada. Su país de ámbar y turquesa sabe celebrar a los muertos con azúcar y colorear con tonos vivos un sentido de la existencia que nosotros -pese al desarrollo- no conocemos al otro lado del océano.

 

¡Mil gracias, R.!

 

 

Publicado en on Abril 7, 2008 at 8:15 am Comentarios (0)

Escrito el 21/03/08

Llegué a Vigo por la mañana después de un largo trayecto junto a espejos de agua en calma y montañas verdes. Supe de la cercanía de la ciudad en cuanto divisé el primer retal de mar, de un azul como el del cielo en ese instante, y en ese instante también, sentí una punzada de emoción en lo más hondo.

Las comisuras de la tierra hechas arena para fundirse con el agua salada. El amarillo transformado en verde. La illa de San Simón, las barcas de pesca rompiendo la homogeneidad de la superficie, el puente que  atraviesa la ría, el monte de A Guía –loma esmeralda- a la izquierda, las illas Cíes al fondo como un paisaje irreal. Y el tren que se detiene en la estación término.

Busco mi hotel y subo a la habitación –la 203- a dejar el poco equipaje que llevo. Cierro los ojos durante un momento, respiro profundamente y bajo a la calle.

El primer encuentro. X. está bien. Me cuenta mil cosas, compartimos el almuerzo y charlamos. Dice que siempre recordará aquel postre, charlotte de helado de vainilla con chocolate caliente y nueces. Como siempre, nos quedan cosas por contar.

Por la tarde veo a J. y paseamos juntos durante horas. Hablamos, sonreímos, nos quedamos en silencio, siempre acompañados por la cercanía de nuestros pasos. Del puerto pasamos a la parte alta de la ciudad. Nos detenemos en los cines de Vía Norte a mirar la cartelera. Recorremos la que fue mi calle. Miro mi casa desde abajo, habitada por otros. Ya no hay plantas en el balcón.

La ciudad siempre me parece en continua transformación. La noto cambiada como el niño que no se ve desde hace tiempo. Pero sé que jamás me gustará Vigo, tan caótico y gris, aunque adoro a sus gentes amigables y dulces como sus colinas, y la benevolencia del clima y las camelias, los naranjos y la mica que espejea en la piedra eterna de los edificios, las elegantes galerías de encaje metálico y el gusto gallego en el vestir. Y el mar de Vigo, resguardado de la ferocidad de las corrientes atlánticas. El infierno en el centro del paraíso.

Por la noche salgo con I. Quedamos para cenar. De nuevo, mil cosas que contar. Dice que estoy “divina”. Me río. Siempre me hace reír. Algunos edificios del casco vello están restaurados. Los pazos dejan ver con orgullo sus blasones, antes escondidos bajo la mugre. Crêpes y ensaladas deliciosas. Camareros con acento de ola. Cigarrillos rubios. Humedad. ¡Cuánto cuestan siempre las despedidas!

Traigo una concha de erizo para C. y una pulsera de nácar para R. Quisiera haber visto a G.N. y a S.B.; a más gente aún. No he tenido tiempo. Otra vez será. Es una deliciosa excusa para volver. La distancia es el camino para el regreso.

Escribo en el tren de vuelta a casa. Falta una hora para llegar y la luz del día ya se muestra inclinada.

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Publicado en on Marzo 24, 2008 at 9:57 am Comentarios (5)

Escrito el 18/03/08

Ayer por la noche rompió a llover. Para unos representó una bendición para el campo; a mí me inundó de una agradable pereza.  

Pensaba atravesar el puente, ir a buscar la cámara de papá y salir a hacer fotos. De vuelta, quedarme a tomar un café con amigos en algún bar de la plaza y charlar sin tiempo, mientras mamá y la tía acudían a los oficios de Semana Santa. Pero preferí quedarme, aunque luego me acerqué a la estación a consultar horarios de trenes con dirección a Vigo. La calle desierta en una villa fantasma. La soledad y el tedio. Me detenía, de vez en cuando, ante escaparates de zapatos y de libros. Entré en una papelería a preguntar por las tarjetas postales de la zona que otras veces había comprado. La persona encargada en ese momento del establecimiento no sabía dónde estaban. Me marché después de mil disculpas y palabras que intentaban retenerme, además de un interrogatorio en toda regla sobre mi estado civil. “Aquí se aburren demasiado”, no pude evitar pensar de nuevo en la calle. Me crucé con D., quien me dijo lo guapa que estaba. Encontré unos regalos para mi tía y mi primo; mañana es el santo de ambos y estoy invitada a comer en un restaurante.

Ha salido el sol y escribo junto a una bonita chimenea que nunca se utiliza. Sigo leyendo Cómo asumir su propia identidad, un libro sobre meditación, escrito por Jon Kabat-Zinn, Plaza y Janés. Me acuerdo de M., quien lo ha prestado, y de mis compañeros de clase. No los veré hasta la semana que viene. Pienso también en mi gato y en la blancura de mi casa.

Mi ánimo es sereno y alegre.

Dentro de un momento me llamarán a comer.

Publicado en on at 9:12 am Comentarios (1)

He salido a comprar comida y arena para Tito, el gato, cada día más mimoso y juguetón. Tito me alegra los días con su vitalidad y me hace una grata compañía, además de calentar mis pies todas las noches. En cierta manera, nos hemos salvado la vida mutuamente. No me importa confiarle el gato a G. cuando tenga que ir a alguna parte; sé que él es la persona que mejor puede cuidarlo y quien sabe disfrutar mejor con sus travesuras y sus gestos, pues ambos se conocen muy bien.

Me alegro de que G. y yo prosigamos con nuestra amistad, pues sería una lástima no volver a poder compartir todo aquello que nos hace tan afines, sin olvidar la simpatía y el aprecio que nos tenemos. Hoy le decía cuánto me gustaría visitar un laberinto -de esos hechos con setos recortados- y entonces él me dijo que ya conocía uno: él. Nos reímos. Recordé que a mí misma alguien me llamó no hace mucho “arquivolta gótica”. Por simples que seamos o creamos ser, siempre somos extremadamente complejos, pienso que se debe al propio hecho de ser humanos. Quizás a G. le apetezca venir el próximo martes a ver una película de Jacques Tati en la Filmoteca. Se lo propondré si no está ocupado.

He comprado un dulce regalo para Ru. que le daré el sábado, cuando venga a ponerme a punto el ordenador. Ro. y yo seguramente fumaremos algún cigarrillo de sabor tostado sin prisas.

Estoy pintando algunas cosas en pequeño formato, antes de ponerme con un lienzo grande, con el que quiero obsequiar a ambos.

Trabajo, estudio y la vida fluye.

Tengo pendiente una visita con C. al Museo de Bellas Artes.

J. me ha invitado a pasar un fin de semana en una bonita casa rural.

Vuelvo a escribir más a menudo. Esta vez lo hago desde la cafetería Parsifal justo antes de la primera clase de la tarde.

Publicado en on Febrero 20, 2008 at 5:17 pm Comentarios (1)

Impression soleil levant

Acaba de amanecer. La calle se ha llenado paulatinamente del murmullo de los coches y las personas que se dirigen al trabajo y a sus ocupaciones. Las farolas, todavía encendidas, parecen grandes adornos de luz anaranjada; sin duda se avecina un día espléndido como el de ayer.

Ayer acudí a clase de guitarra. Me sorprende saber que ya puedo tocar algunas melodías que me gustan y acompañar canciones conocidas. Uno de mis compañeros me regaló un disco grabado con su voz –un talento oculto. D. decía, al bajar las escaleras, que sólo cantaba cuando estaba solo-. Más tarde, en clase de pintura con los niños, sobra un sitio y me siento entre ellos para que me vean pintar una acuarela: “también se aprende observando”, no dejo de decirles, aunque poco caso me hacen pues ya se sienten alterados a un mes del comienzo de la primavera. Hace semanas que los ciruelos de pissard, las mimosas y, más recientemente, los magnolios chinos, muestran sus flores. Renovación. Reencuentro con lo conocido. El ciclo de la vida pasando una vez más sobre el mismo punto.

Antes de la clase de las 16:00 me tomo un café en algún lugar, pero siento la urgencia de salir a respirar aire fresco. Me quedo durante un rato sentada en un banco sumergido en sol y cierro los ojos. La alegría. Respiro tranquila como si el tiempo no pasase. No tengo prisa, todavía no sé que no debo tenerla; una alumna me avisa con un mensaje que no puede recibirme. Regreso a casa y preparo otra clase: le subjonctif présent avec des exercices. Intento ser sencilla y eficaz en mis explicaciones.

He sabido que mi cuñada eslovena y M., mi mejor amiga, están embarazadas aproximadamente de dos meses. Sonrío imaginando a las criaturas que tendrán. Me llena de ilusión saber que esos niños van a fomar parte, también, de mi vida.

Impression soleil levant

Publicado en on Febrero 14, 2008 at 7:59 am Comentarios (0)

Breve encuentro

Poco después de saber de nuestra ruptura se te ocurrió decirme lo que sentías por mí después de casi un año que sabemos uno del otro. Me pareció que no era una banalidad y admiré tu valentía –creo que yo hubiese hecho exactamente lo mismo-. Tuve en cuenta tus sentimientos, que encontré nobles y sinceros. Tuve en cuenta cuánta ternura podía salir de tu corazón hacia mi persona. Pero sabías –lo supiste desde el principio- que me sentía magullada como si hubiese caído de mucha altura y sobrevivido, y que debía ponerme en pie de nuevo y comenzar a caminar.

A pesar de todo, me pareció ver en ti un amor incondicional, sin tiempo, paciente hasta donde hiciese falta. Y no hizo falta mucho para reconocer cuánto aprecio y cariño sentía por ti. Pero tú insistías en que yo te amase del mismo modo que decías tú que me amabas –“estoy muy enamorado de ti, como jamás lo he estado de nadie en esta vida. Eres la mujer más especial que he conocido. Quiero hacerte feliz y lucharé por ello cada día, cueste lo que cueste”-, pero yo te explicaba que pensaba que “el amor es lo contrario del egoísmo”. Lejos de dejarme reaccionar, te obcecabas en que mis sentimientos eran cambiantes e incoherentes… Y sabes que no era así, sino que navegaba entre una lógica y humana confusión. Si algo tenía claro, y lo sigo teniendo en estos momentos, es mi rechazo –al menos de momento- a una relación comprometida.

Hace tan sólo dos días supe de algo, a través de ti antes que de cualquier otra persona, que me hirió el alma con punta afilada. Tengo heridas recientes sobre heridas todavía abiertas. Pero no voy a morir por ello. Me ofreciste tu amistad en el momento más delicado. No he podido aceptarla. Así que todo ha terminado entre nosotros. Nos alejamos, nos distanciamos para no seguir sufriendo. Pero no te guardo rencor. Lejos de eso, agradezco los buenos momentos compartidos, el calor de tus brazos, las palabras, los susurros… Agradezco aquella noche tan especial e íntima, que pertenece exclusivamente a ambos, y de la que confesaste que había sido la noche más hermosa de toda tu vida.

Te queda de mí una carta en sobre rojo y mi dibujo… Espero que te quede, también, mi recuerdo.

Adiós, D., el de nombre verdeazul.

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Publicado en on Febrero 6, 2008 at 8:51 am Comentarios (2)

II

Me siento bien, mucho mejor de lo que hubiera imaginado un mes atrás. La soledad ahora, lejos de ser mi enemiga, se ha convertido en mi aliada. Mi cuerpo y mi mente se muestran relajados. Ya puedo abrir las ventanas orientadas al sur de par en par cada mañana y dejar que entre el sol y lo inunde todo, hasta el último centímetro de mí misma. Me dejaré llevar por la vida como una barca que se mece en un río tranquilo una tarde de verano. Ya no me preocupo más que por lo verdaderamente preocupante –nada, en este momento-. Y los días transcurren con fluidez, como la sangre que bombea mi corazón hasta cada una de las células que me forman.

Temía que el tiempo se alargase más de lo que desearía y dejase espacio al aburrimiento o la melancolía. Debo decir que tampoco, en este caso, ha sido lo que pensaba. Mi actividad no me lo permite, más aún si a ella se suma la responsabilidad, el cuidado completo de mi casa y de mí misma, sin olvidar los momentos entre los que quiero o el tiempo de ocio, necesario para el descanso y el sueño, para la preparación del trabajo y el estudio que me sirven de medio de vida y que tanto, sin duda, me satisfacen. Debo ajustarme, sin embargo, a una vida más humilde todavía, pero soy consciente de que tengo suficiente para pagar un alquiler, para alimentarme y aun para permitirme algún capricho. No puedo pedir más. Me siento afortunada y quizás soy bastante más fuerte de lo que creía.

El trabajo resulta más intenso en época de exámenes. Pero después de eso me fortalezco con la idea de unos días libres como estos de Carnaval. Y vuelvo a la escritura y al dibujo, a la lectura y a los amigos, a la música, a todo lo que me gusta. Hace unos días compré una preciosa guitarra de madera de cedro y palosanto, de color tostado y clavijas de nácar. Practico con paciencia Asturias, de Isaac Albéniz. Y con las notas, que se diluyen en el aire, se diluye un poco de mi dolor y se van cerrando heridas de otro tiempo.

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Publicado en on Febrero 4, 2008 at 9:44 am Comentarios (4)

Carta

Querido C.:

¿Cómo estás?; espero y supongo que muy bien.

Fue un verdadero placer recibirte el otro día; eres una persona con mucho que ofrecer. Yo también lo tengo todo por dar y me gusta intercambiar conocimientos con otras personas. Vuelve cuando quieras a nuestra casa. Nos encantan las buenas tertulias, más aún si están amenizadas con buena música y con cosas ricas para degustar, aunque lo primordial sea siempre la buena compañía.

Y ¡qué bonito regalo!, creo que nunca sabré agradecértelo como se merece… Espero que puedas disfrutar de mi libro de gallego tanto como yo estoy disfrutando de los métodos de guitarra. Ayer ya me puse a estudiar una pieza inglesa del siglo XVI, sencilla y preciosa -el ejercicio nº 3-, aunque sólo alcancé, por el momento, a sacar las notas de la melodía principal. Con tiempo podré llegar a algo decente, claro que sí.

Me pareció incluso emocionante cómo hablabas sobre las lenguas. Es algo que no se oye a menudo, sobre todo en estos tiempos en que las nuevas generaciones se conforman -y hasta se jactan de ello- con comerse letras para comunicarse más rápido y gastarse menos dinero en mensajes a través del teléfono móvil y del messenger. Es una lástima. Comprendo que eso se haya convertido en un código sustitutivo; lo que no comprendo es que descuiden las riquísimas posibilidades de la lengua escrita en otros ámbitos como la hoja en blanco, la creación literaria, la correspondencia de papel… A menudo me preguntan por qué la lengua utiliza la h si “no sirve para nada”, o la b y la v, “si tienden a confundirse”… pero ignoran un aspecto importante y precioso: la etimología. Las palabras heredan su grafía como nosotros, quizás, el color de los ojos o la forma de los lóbulos de las orejas. Pero sobre todo esto habría todavía mucho que hablar…

Me satisface además que un hombre “de ciencias” como tú se interese por otros mil saberes, entre ellos la lengua. A veces me da mucha pena que se haga una división tan estanca, tan radical, entre ciencias y letras, cuando yo creo que no son saberes excluyentes -como ninguno, por otra parte- sino complementarios. Yo misma estudié el Bachillerato por ciencias puras. En el COU escogí tan sólo por gusto una opción que me ofreciese la posibilidad de adentrarme un poco en la Historia del Arte y, más tarde, estudié Filología Hispánica. A mucha gente le ha chocado mucho mi trayectoria, mientras que a mí no me ha dado más que satisfacciones. Llevo toda mi vida estudiando y hoy en día y, pensando incluso en el futuro, aunque ya sea profesora, no tengo intención de dejar de ser nunca alumna. Seguro que a ti te pasa lo mismo. Del mismo modo que lo tengo todo por dar, también lo tengo todo por aprender.

Te contaría mil cosas más, ya sabes lo mucho que me gusta escribir y hablar, pero iré haciéndolo poco a poco.

Te diré, sin ir más lejos, que también, como a ti, me encanta la fotografía y que antes siempre utilizaba una cámara alemana manual Voigtländer que perteneció a un tío, hermano de mi padre, que nunca llegué a conocer, y que se la transmitió a este último. Mi padre se compró luego otra, muy bonita y muy buena. Pero ahora mi madre, que nunca hace fotos, se ha quedado con las dos. Todavía conservo algunas fotografías que hice con aquellas cámaras. Acabo de escanear una para enviártela. La he titulado Otoño, y en ella capto el momento en que todavía pende una última hoja de las ramas ya desnudas de los árboles. Espero que te guste.

También te envío una traducción mía de un relato hermosísimo escrito por Ramón Otero Pedrayo, de quien te hablé la otra tarde. Espero que disfrutes de su lectura.

Mil besos y abrazos,

R.

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Publicado en on Noviembre 11, 2007 at 6:00 pm Comentarios (0)