II

El Canal du Midi es un bonito entorno creado artificialmente que ha conseguido, con el tiempo, convertirse en un interesante enclave de flora y fauna. La masa de agua verde discurre a veces entre terraplenes sujetos por arcos de ladrillo, mientras que otras son las raíces de los enormes plátanos de sombra las que sujetan y conforman las orillas.

Subidos en una barcaza de fondo plano recorrimos un buen tramo con la tranquilidad y buen tiempo que aporta el verano. Era grato sentir una pequeña corriente de aire a nuestro paso, a medida que avanzábamos, y poder extender los brazos más allá de la barandilla, bajo los rayos del sol. Descendimos un momento en Saint-Ferréol para comer un bocadillo de queso de cabra con tomate y, cuando volvimos a subir, nos explicaron in situ el funcionamiento de las esclusas. A menudo nos cruzamos con viviendas flotantes habitadas en su mayoría por lo que supuse riquísimos y excéntricos extranjeros. Llegamos a tierra firme con una sonrisa de satisfacción y de buen humor a la altura de la bonita e historiada estación de ferrocarril de Carcassonne.

*

Cuando teníamos hambre, solíamos ir a comer algo a la Place Carnot, en la Bartide, la que tiene en el centro una fuente con la estatua de bronce de Neptuno rodeada de floreros de petunias púrpura, el lugar donde se celebra el pequeño mercado de productos locales: melón y orejones, finas hierbas y aceitunas… A pesar de hacer uso de nuestros conocimientos en francés, nos sorprendió que mucha gente se dirigiese a nosotros en español. En las calles de alrededor nos deteníamos a mirar escaparates, entrábamos en algún templo gótico o decidíamos visitar edificios que exhibiesen alguna exposición interesante, como la sorprendente Casa de los Recuerdos, en la Rue de Verdun, donde se muestran objetos, textos y fotografías del poeta Joë Bousquet, además de grandes imágenes en blanco y negro sobre los ejemplos más representativos de lo que dejaron los cátaros a su paso por la región.

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Published in: on agosto 27, 2008 at 11:01 am  Comments (3)  
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I

Dedicado a mis compañeros de viaje

Salimos de la ciudad a medianoche con poco equipaje y muchas ganas de pasarlo bien. Nadie se durmió; se nos fue pasando el tiempo entre bromas, risas, música, palabras y silencios. En pocas horas estábamos en Francia, donde alcanzamos un amanecer tranquilo de nubes rosadas y dispersas cuyo fondo alteraba la presencia intermitente de los árboles que bordeaban, casi en todo momento, la carretera. Desayuno en ruta y llegada a Carcassonne. El aire tibio del Midi me trajo aromas conocidos, familiares, infantiles. Alojamiento en la Bastide Saint-Louis en un hotel de paredes rojizas con geranios en todas las ventanas que daban a la Rue de la Liberté. Habitaciones coquetas sin pretensiones. El dueño, Monsieur Vinaigre, como dimos en llamarlo, se vio obligado a explicarnos unas cuantas veces dónde estaba el aparcamiento, pues no existe ni una remota indicación para llegar hasta él si nadie que lo conozca hace el favor de acompañarte. No fue un problema de idioma, sino de trato; más adelante tuvimos ocasión de comprobarlo en otras circunstancias.  Pero nos reímos de su mala uva; el resto de la gente nos pareció muy agradable. Caminando un poco, de un lado, alcanzamos enseguida la iglesia gótica de Saint-Vincent, con una torre chata y elevada que parece empujar el cielo; del otro, muy cerca, el Canal du Midi. Y a lo lejos, la espléndida Cité Médiévale; por todas partes, casitas de colores suaves, muchas con desconchones, con contraventanas azules, un azul grisáceo que proviene del pigmento de una planta llamada pastel (del latín pasta) que sirve, entre otras muchas aplicaciones, para ahuyentar a los insectos. Carcassonne es decadente como el viento que la inunda, preciosa como las ciudades que han sabido conservar su pasado.

Published in: on agosto 24, 2008 at 10:07 am  Comments (2)  
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Escrito el 29/07/08

Los días han pasado rápido a pesar de las fiestas y, aunque prefiero venir en cualquier otra época del año, he tomado con alegría que las orquestas tocasen durante casi una semana hasta bien entrada la madrugada. Las noches limpias y cálidas invitaban a quedarse en las terrazas tomando cañas con gente conocida. El último concierto fue el mejor, como si se hiciese esperar; un repertorio de versiones de canciones funk que no dejó indiferente. He podido disfrutar de la familia y eso me ha dado la oportunidad de conocer un poco mejor a D., mi primo segundo, un niño de nueve años enmadrado, hablador y sumamente inquieto, pero muy inteligente y sensible. Como le he dado conversación y me he prestado a escucharlo con paciencia, enseguida hemos hecho buenas migas.

 

Ayer pasamos la mayor parte del día en Ourense, que me pareció bañada de claridad y de calma. No hizo falta tratar mucho con la gente para apreciar su infinita amabilidad. El suelo de piedra y las fachadas labradas de los edificios desprendían un olor antiguo y familiar bajo el efecto del calor y no muy lejos, en todo momento, se adivinaba la presencia del río.

 

*

 

Hoy no me encuentro nada bien. Es uno de esos días en que mi cuerpo y mi mente se sienten agitados, hasta tal punto que la sensación y la incapacidad de dominar este estado me producen un gran desasosiego y angustia. Conozco estas sensaciones, no son una novedad para mí, y sé que pasarán en algún momento. Hasta entonces, no me queda otro remedio que llevar mi desazón de la mejor manera posible. He tomado un ansiolítico, pero sé que es mejor tomarme las cosas como van llegando, vivir el segundo, respirar con calma, salir a pasear, hablar con la gente. Dentro de un rato pasarán por casa M. y F., con quienes cambiaré impresiones delante de un café o un refresco. Eso siempre me hace bien. Luego volveré a casa y cenaré con mamá, quien ha mirado mucho por mí estos días para que me encuentre mejor, pues sabe que no estoy pasando por un buen momento, lo mismo que sabe que, tarde o temprano, todo irá pasando, como la calma que llega tras la tempestad.   

Published in: on agosto 2, 2008 at 10:02 am  Comments (2)  
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Escrito el 26/07/08

Es fiesta en el pueblo y fiesta en casa; la onomástica de mamá. Mucho antes de que la procesión en honor a Santa Ana desfile por nuestra calle, ya habré salido en dirección al otro lado del río. Me marcho caminando despacio, a contracorriente, observando a mi alrededor lo que he visto miles de veces, pero lo que es distinto a cada nueva llegada. A la izquierda permanece libre aquel solar en venta cubierto en verano de matas de flores moradas entre las que revolotean mariposas color crema y abejorros. En frente han hecho un aparcamiento en el lugar del parque infantil medio destartalado que lindaba con los muros tranquilos del cementerio. Más allá, junto al puente romano, los límites del pazo despliegan maceteros de petunias fragantes sobre el suelo. Me detengo en la clave del arco central del puente, sobre el suelo caliente de piedra, sobre la quietud verde del río, bajo el sol diáfano y violento del mediodía. Hace mucho calor y refresca los ojos el hermoso patio umbrío que muere feliz en la orilla, oculto por la densidad del follaje apretado de varias higueras. Del otro lado, ramas altísimas de hinojo y el paseo bordeado de chopos y bóvedas de plátanos de sombra. Me siento sola sobre un embarcadero flotante, dejando que la piel de mis piernas se broncee, pensándome en un barco a la deriva sobre aguas tranquilas.

 

 

Published in: on agosto 2, 2008 at 9:51 am  Dejar un comentario  
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