I

De entre todas las artes, diría que la música es la que más puede llegar a emocionarme. No sólo por ser un código de ondas que se disuelven hasta el infinito en el aire y quedan impresas en el alma, sino porque la siento como una experiencia física, en el sentido más literal de la palabra, ya que es capaz de alcanzar cualquier vacío, incluido el de nuestro propio cuerpo, y utilizarlo como caja de resonancia. Recuerdo algunos momentos de mi vida con música en los que me he estremecido casi hasta las lágrimas: saber por primera vez de Syrinx de Debussy, del adagio assai del Concierto para piano de Ravel, de la Gymnopédie nº1 de Satie o del Concierto para piano nº2 de Rachmaninov -sin olvidar la Variación 18 sobre un tema de Paganini-; una mañana en la facultad, sentada en el suelo, a poco de alcanzar las vacaciones de Navidad y una pequeña comparsa de música tocando temas populares; una noche escuchando en directo a Milladoiro en el anfiteatro del parque de Castrelos de Vigo bajo una bóveda de estrellas saladas y fuegos artificiales; descubrir con certeza qué sentía mi corazón un atardecer de otoño con banda sonora de Pavana de Fauré mientras caminaba sola bajo la lluvia más dulce; al levantarme en mi casa de Oviedo un día soleado y sonar en el salón la BSO de la película Amélie, de Yan Tiersen; ser despertada cuando iba a visitar a G. entre margaritas y el Preludio en Re bemol mayor Op. 28, nº 15 -la gota de agua- de Chopin… entre tantos otros…

La definición más académica de Música que he conocido dice que es el “arte que se expresa combinando el sonido y el ritmo”. Me parece muy pobre. Más tarde, el mejor profesor que he tenido en la materia, hablando sobre todo de la época romántica, hizo referencia a la música como vehículo de expresión de sentimientos. La primera vez que oí eso era tan niña que no lo comprendí del todo, y no es que no comprendiera el concepto, sino que no estaba todavía preparada para el lenguaje. Hace mucho que sé que siempre he sido una sentimental, desde mucho antes, quizás, de tener uso de razón, desde que cada noche de verano, en la casa de los abuelos, salía a mirar la luna desde el balcón de mi habitación cuando todos dormían, desde aquellas vacaciones en la playa en que eché terriblemente de menos a R., sabiéndome enamoradísima de él con sólo ocho años.

He sido una privilegiada. En casa se escuchó buena música desde que nací. Papá se declaraba un músico frustrado. No pudo estudiar, pero supo siempre de la exquisitez. No sé cómo lo consiguió. Supongo que porque era una persona sumamente sensible e inteligente. Cantaba a menudo por casa algún tema del repertorio que había pertenecido a su pasado en los Cors de Clavé. El caso es que me levanté a la vida entre Falla, Stravinsky, Mussorgsky, Vivaldi y Tchaikovsky. A través de él comencé a imaginar la música como un halo azul que se elevaba hasta el cielo en corrientes arremolinadas. Por el otro lado familiar, el bisabuelo materno tocaba el violín y nos dejó como legado, entre otras cosas, un método datado en 1800. Al abuelo no hacía falta pedírselo mucho para que empezase a cantar, aunque todas sus melodías tenían las mismas características, pues cantaba fatal. Mamá no lo hace mal. Me gusta de ella que siempre tiene una melodía en los labios. De pequeños jugábamos a proponerle una palabra y sobre ella siempre encontraba una canción.

Anuncios
Published in: on julio 30, 2009 at 6:04 am  Dejar un comentario  

Comenzado el verano, sigo aquí. No me moveré a ningún lugar que esté lejos, puesto que el trabajo no me lo permite, pero sí me gustaría poder visitar alguna mañana o un domingo lugares como Tarragona, Sitges o Cadaqués.

Algunos días ha hecho verdaderamente mucho calor, sobre todo cuando se aproximaba la revetlla de Sant Joan. Más tarde, unas jornadas de lluvia suavizaron lo elevado de las temperaturas. Hacía mucha falta, desde luego; la tierra y las almas tenían sed. De vez en cuando, sin previo aviso para quien desconoce el lenguaje de la naturaleza, estalla una tormenta. Encuentro que aquí no sabe llover como en otros lugares o, cuando lo hace, siempre supone una especie de desastre porque el agua se desborda y todo se encharca. La gente no lleva nunca el calzado adecuado. El jueves pasado, a pesar de llevar paraguas, me calé hasta los huesos. Tuve que volver a casa para cambiarme de ropa de arriba abajo. Y lo mismo le pasó a S., una chica asturiana compañera de trabajo. Pero ¡qué alegría la lluvia!, pensamos ambas a pesar de todo.

El granado dio tantísimas flores la primavera pasada que en otoño tendremos una buena cosecha de frutos. Ya se ven madurando incipientes, prietos, verdosos, redondos, brillantes, haciendo contrapeso con las ramas delgadas. El manto de enredaderas crece sin disciplina, aunque a menudo me da por enderezar su trayectoria. Necesito renovar la tierra. Me gustaría plantar unos cuantos rosales y rellenar los tiestos con geranios como los que vi alrededor del estanque central frente al Palau Reial. Aquel lugar, bajo la luz de un atardecer ya cálido, me pareció una postal antigua como las que mira la protagonista de la película El Sur mientras suena la Andaluza. Pero también me evocó a una mezcla entre los lienzos de Fortuny y la vegetación que imagino en la región italiana de Toscana.

Cada noche, cuando vuelvo a casa, me encanta observar las sombras de los pinos, ya oscurísimos, convertido su volumen en siluetas por la falta de luz, nítidamente recortadas en un fondo todavía iluminado color verdeazul, atravesado a veces como por anchas estelas doradas. Y pienso en ese cuadro de Magritte cuyo título nunca recuerdo, en el que la negrura profunda de unos árboles, una casa y un estanque, sugeridos sólo por la ayuda de la luz de una farola, se contrapone a un cielo claro.

Pasa el tiempo y va creciendo mi pelo poco a poco. Lo noto porque no me lo he cortado desde enero. Pero se ondula y se encoge. Quizás pronto ya tenga una media melena como la de Audrey Tautou en la foto.

Hungary Film

Published in: on julio 19, 2009 at 11:40 am  Comments (9)