II

Ha habido canciones que han sido como parte de mi carne durante algún tiempo y que han supuesto distintos episodios de mi vida. A veces he vuelto a algunas de ellas y han determinado, renovadas, lejos de representar la nostalgia por un tiempo pasado, mi momento presente; ha habido otras que se han quedado para siempre, en mi evocación, en el ser de otras personas. De ese modo, además de que alguien fuera o sea para mí de tal o cual manera, también es una melodía, rasgo que se convierte en tan suyo como su propia voz.

Jamás me han abandonado las canciones de Frank Sinatra ni las de Elvis Presley. Jamás me abandonarán las canciones francesas de Edith Piaf, Charles Trénet, Yves Montand, Charles Aznavour y Jacques Brel. Hay un lugar en esta ciudad en el que todavía no he estado, decadente e íntimo, donde suena solamente la chanson. Es una taberna llamada Pastis, como la bebida anisada de Provenza. Además de ellas, en este momento me da por volver a escuchar a Fairground attraction, a Police y a Sting y, últimamente, escucho romances de enamorados, cantigas de amigo y canciones populares gallegas, poemas de Rosalía de Castro y de Álvaro Cunqueiro interpretados por Amancio Prada y descubro con alegría que algunas de esas piezas las cantaba de niña –Ay, linda amiga-, aunque no recuerdo con exactitud dónde las aprendí. También escucho a Serrat –Mediterráneo, Lucía– y a Lluís Llach –L’estaca, Abril del 74, Un núvol blanc-, además de llevar un tiempo ensimismada en los poemas de Lorca con música: La tarara, Los cuatro muleros, Anda jaleo, la Nana de Sevilla, y, sobre todo, obsesivamente, el Zorongo gitano. Escucho también con mucha frecuencia Il celo in una stanza, de Gino Paoli.

A veces cuando alguien me pregunta qué típo de música me gusta no sé exactamente qué responder, ya que mis gustos son muy variados, pero sí tengo muy claro lo que no me gusta o incluso me parece insoportable: el reggaeton y lo mákina. Tampoco me suele gustar el soul actual ni consigo que me acabe de gustar la ópera, aunque podría establecer alguna excepción. Supongo que como espectáculo total que es, lo apreciaría más si un día acudo al teatro a presenciar alguna. Mozart no me gusta más que cuando se pone sublime y The Beatles han llegado a cansarme. No me ha costado nunca escuchar, sin embargo, ni el flamenco ni el jazz, aunque supongo que hay grados de dificultad. Y de momento no me siento muy capaz de apreciar algunas piezas de música antigua o contemporánea, a las que mi hermano J. es aficionadísimo. Eso sí, coincido con él en que Thomas Tallis o Arvo Pärt pueden resultar maravillosos.

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Published in: on agosto 10, 2009 at 2:05 pm  Comments (3)