V

Pasa el tiempo y mi colección sigue un poco descuidada. Sin duda, escribir es un hábito. Tengo cosas que hacer pero eso no es excusa para dejar de redactar unas líneas.

Ahora mismo estoy metida de lleno en el mundo de la enseñanza. Llevo así desde enero, desde cuando terminó mi contrato como librera. Aquello representa otra época, de la cual conservo un excelente recuerdo de mis compañeros y otro pésimo de las que fueron mis jefas -y lo digo en femenino, porque también tenía jefes, pero de ellos no tengo nada malo que decir, más bien al contrario-.  A veces tiene sus inconvenientes ser demasiado dócil en el trabajo. Intento ser cumplidora, pero tengo muy claro que no soy ni más ni menos que nadie. No se puede delegar trabajo en quien siempre está dispuesto a desempeñarlo por el puesto que ocupa y al mismo tiempo pretender que esa persona haga perfectamente todas las tareas que le corresponden. No se puede ser vendedor cualificado (sic), o sea,  jefe de departamento, sin saber siquiera quién es Verlaine y preguntarse si se escribe con B. No se puede. A menudo me vi ante situaciones tan absurdas, frustrantes e injustas -“lo siento R, no puedo enseñarte cómo se hacen devoluciones porque hace mucho tiempo que no las hago, pero es necesario que sepas hacerlas para el lunes”- que ganas tuve de marcharme por mi propio pie en plena campaña de Navidad. No lo hice, de nuevo cumplí con mi deber.

No he dejado, no obstante, de mantener un vínculo estrecho con los libros, ahora -y de nuevo- a través de la docencia, pues no he tenido pocas oportunidades de manejar textos en las clases y hasta de disfrutar de ellos conjuntamente con mis alumnos.

A tres días de la festividad de Sant Jordi, no sé por cuál libro optar. He pensado en Irène Nemirowsky, en Jean-Marie Le Clézio, en Mercè Rodoreda -a quien ya puedo leer en catalán después de la inesperadamente grata experiencia de Aloma– o en los libros que muy amablemente me han recomendado JM o G. Ninguno de ellos es mala opción.

El 23 no veré a J, aunque podré felicitarlo con unas palabras. Pero el sábado he pensado cogerlo de la mano y subirnos a un autobús que nos deje en la rosaleda en tan sólo una parada. Mi regalo no es una rosa, sino todas las que pueda ver en un espacio que ni se imagina. No tengo un libro para él, pero le entregaré un cuaderno dedicado con dos poemas manuscritos, ilustrado con la fotografía de una taza de porcelana, en homenaje a los desayunos juntos que tanto representan para nosotros.

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Published in: on mayo 18, 2010 at 1:11 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Espero que le hicieras ese regalo tan especial y que le gustara. Me alegro mucho de haberte conocido, escribes de lujo; ya me tendrás que dar algún truquillo. Un abrazo , desde ahora y siempre que tu quieras para lo que necesites tu Zamoranita.

  2. ¡Claro que se lo hice y le encantó!
    Mil besos.


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