en una estación

Espero la hora de entrada en la estación desierta. Me da por pensar que su nombre quizás haga referencia a una encrucijada de caminos, es lo más posible. Es como un lugar en medio de ninguna parte y al mismo tiempo cerca de todo. El valle se extiende tan amplio que no alcanzo a ver sus contornos en el horizonte pero, no muy lejos, distingo el edificio Walden, rojo y chato como aquella montaña sagrada de Australia que los indígenas llaman Uluru. Si la vista continúa mirando hacia la derecha, diviso con claridad uno de los costados de una de las torres Símbol y sé que a unos metros, cruzando casi de un salto la calle Alegría, está nuestra casa, un bajo tranquilo, a estas horas solitario y silencioso.

Hace un sol clarísimo y la temperatura es indicio de primavera inminente. Evoco el aroma del jazmín, impulsado mi olfato por la impresión del perfume fundido con mi piel. A la vuelta veré desde la ventanilla del tren los primeros almendros florecidos, de pétalos blancos rotos por venillas rojas.

Nada está lejos y, sin embargo, las distancias se hacen inmensas. Escucho música hasta que consigo aprender de memoria las canciones. A veces las articulo con la boca sin hacer ningún ruido. La gente se adormila a estas horas y se dejan llevar por el suave traqueteo hasta la estación término.

Anochece bastante más tarde y refresca cuando está oscuro. Todavía permanezco en la habitación del edredón de plumas.

Vías y catenarias. Algunas placas con números que no sé qué significan. Ya está activado de nuevo mi pase para acceder a las oficinas. Siempre hace tanto calor allí dentro que parece que uno vaya a enfermar de angustia. Pero algo diferente me comprime el corazón. Él ha resgresado y nos veremos pronto. A veces todo me molesta de un modo tan placentero como lo hacía en la adolescencia. Noto a cada instante cómo fluye la vida.

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Published in: on febrero 23, 2012 at 12:50 pm  Comments (1)  

frío

Es extraño despertar en una habitación que no es la tuya. Hace unos días me trasladé al cuarto que reservamos para cuando viene mamá o alguien se queda a dormir. El motivo no fue otro que el frío. Si bien la casa tras la reforma ha quedado estupenda, le falta la calefacción, lo cual no considerábamos del todo necesario porque los inviernos no suelen ser muy crudos aquí. Pero estos días han sido helados y la cama del cuarto de al lado está vestida con el mejor edredón de la casa, de relleno de plumas, ligero y cálido.

Cuando la luz de un nuevo día se cuela por los agujerillos de las rendijas de la persiana entreabierta y soy consciente de ello, no comprendo al principio la posición de la ventana o de la puerta, como si el mundo se hubiese girado sin mí, como si despertase en un lugar del todo desconocido. Me ocurre lo mismo tras una noche de hotel o en estancias que ocupo en los días de vacaciones que, aunque reconozco tan bien desde la infancia, a menudo me parecen nuevas cuando vuelvo a ellas después de algún tiempo. Y es que el tiempo lo cambia todo y hace que las cosas, bajo la impresión de ser repetidas -nunca es así exactamente- siempre sean nuevas y diferentes.

Atrás quedaron las habitaciones que ocupé en otro tiempo, en otras casas. Y se presenta de modo recurrente una de ellas en mis sueños, la habitación de la casa de Vigo, el piso cuyo balcón en veano olía a una mezcla entre salitre y gardenia, la que recuerdo mejor, en la que permanecí más tiempo. Era una habitación grande al fondo de un pasillo con suelo de cerámica vidriada haciendo dibujos, en la que la humedad del invierno nos calaba los huesos, la que yo decidí que un día pintasen de amarillo, la del armario de haya que ocupaba uno de los lados, la misma que desde la ventana junto a la que dormía, daba al patio de suelo anaranjado, tantísimas veces bañado por la lluvia, resplandeciente. Aquélla que al principio tenía todos los muebles desiguales y un papel de pared de muy mal gusto y que, con el tiempo, fue cambiando, a medida que mi hermana y yo crecíamos.

Published in: on febrero 14, 2012 at 11:14 am  Dejar un comentario