frío

Es extraño despertar en una habitación que no es la tuya. Hace unos días me trasladé al cuarto que reservamos para cuando viene mamá o alguien se queda a dormir. El motivo no fue otro que el frío. Si bien la casa tras la reforma ha quedado estupenda, le falta la calefacción, lo cual no considerábamos del todo necesario porque los inviernos no suelen ser muy crudos aquí. Pero estos días han sido helados y la cama del cuarto de al lado está vestida con el mejor edredón de la casa, de relleno de plumas, ligero y cálido.

Cuando la luz de un nuevo día se cuela por los agujerillos de las rendijas de la persiana entreabierta y soy consciente de ello, no comprendo al principio la posición de la ventana o de la puerta, como si el mundo se hubiese girado sin mí, como si despertase en un lugar del todo desconocido. Me ocurre lo mismo tras una noche de hotel o en estancias que ocupo en los días de vacaciones que, aunque reconozco tan bien desde la infancia, a menudo me parecen nuevas cuando vuelvo a ellas después de algún tiempo. Y es que el tiempo lo cambia todo y hace que las cosas, bajo la impresión de ser repetidas -nunca es así exactamente- siempre sean nuevas y diferentes.

Atrás quedaron las habitaciones que ocupé en otro tiempo, en otras casas. Y se presenta de modo recurrente una de ellas en mis sueños, la habitación de la casa de Vigo, el piso cuyo balcón en veano olía a una mezcla entre salitre y gardenia, la que recuerdo mejor, en la que permanecí más tiempo. Era una habitación grande al fondo de un pasillo con suelo de cerámica vidriada haciendo dibujos, en la que la humedad del invierno nos calaba los huesos, la que yo decidí que un día pintasen de amarillo, la del armario de haya que ocupaba uno de los lados, la misma que desde la ventana junto a la que dormía, daba al patio de suelo anaranjado, tantísimas veces bañado por la lluvia, resplandeciente. Aquélla que al principio tenía todos los muebles desiguales y un papel de pared de muy mal gusto y que, con el tiempo, fue cambiando, a medida que mi hermana y yo crecíamos.

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Published in: on febrero 14, 2012 at 11:14 am  Dejar un comentario  

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