Escrito la mañana de ayer

Después de la tormenta de anoche, ha vuelto la calma. A menudo la atmósfera revienta estrepitosamente como en un enfado, aunque es preciso y reconfortante saber que tal estado no puede extenderse indefinidamente. Hablo de la meteorología y hablo de mí misma. El día de ayer fue helado, lluvioso, ventoso, como queriendo cauterizar la tierra, limpiarla de impurezas, despojarse de todo lo que le sobra arrastrándolo muy lejos; mi cuerpo, al llegar a casa después del trabajo, se vació del todo como lo hicieron las nubes. Hacía mucho, muchísimo tiempo que no vomitaba tanto. Ni una gota de líquido, a pesar de la sed, toleraba mi estómago. Y así me quedé, en ayunas después de la purificación, temblorosa, destemplada y agotada pero renovada. Dos días atrás no me encontraba demasiado bien; preferí comer lo menos posible. La víspera, entre el trabajo, una mala noticia, las bajas presiones y mi malestar, hasta olvidé la primera clase que tenía apalabrada con un alumno nuevo. Por eso ayer no podía faltar, además de ofrecerle mis disculpas. Cosas que pasan, en realidad nada grave. Y ahora mismo, a la mañana siguiente, aunque el esfuerzo de pulsar las teclas para escribir es mínimo, me siento terriblemente cansada, aunque no podía permanecer ya más tiempo en la cama. No hay nada más aburrido que estar enfermo.

El plan del fin de semana era visitar un pueblecito de Francia, región Midi-Pyrénées, departamento de Ariège. Mirepoix por sí mismo es un lugar con encanto, pero se encuentra entre dos de los pueblos más bonitos del país, Camon y Saint-Lizier. No me encuentro con fuerzas para ir y se habla hasta de nieve. Será mejor descansar y viajar más adelante en plena forma.

He soñado, entre mil desvelos, que conocía a J. He soñado también que en una tiendecita china donde arreglaban piezas de ropa y donde vendían algunos objetos preciosos a precios bajos por tener algún defecto en el embalaje, -yo iba en busca de una polvera de maquillaje que vi en el escaparate, tan hermosa como un cuento oriental- en el momento de marcharme después de pagar, la dependienta me regalaba unas cuantas moneditas simbólicas, sin valor para la compraventa, entre las que se encontraba un amuleto redondo y plano, del mismo diámetro. Sonreí. Mamá se santiguaba, queriendo ignorar el valor de todo aquello que no fuese la invocación a su dios por medio de su religión para la demanda de todo posible beneficio. Daba igual. J y yo íbamos a comer a un restaurante y participábamos en un sorteo donde ganamos algún dinero. Por otra parte, constataba con pena, que había perdido el bolso amarillo de piel y con él el apreciado frasco de perfume que recibí como regalo de Reyes y el pañuelo beige de algodón crujiente con dibujos verdes que a veces ato a mi cuello. Más tarde atravesaba con éxito las vías del tren y alcanzaba la acera junto a la que pasaba el autobús que tenía que coger para acudir a un examen importante. J desaparecía entonces de lo soñado, pero estaba presente a mi lado en la vigilia para garantizarme todos sus cuidados.

Vivo entre dos lugares. La casa donde ya paso la mayor parte de mi tiempo es un bajo soleado cercano al mar, con grandes ventanas que dan a una calle tranquila con nombre de rey antiguo. Adornan las aceras naranjos jóvenes y tras algunas casas de planta baja se distinguen varias palmeras danzantes los días de brisa, esa brisa que a veces, según dicen los del lugar, trae olor a chocolate.

Anglada Camarasa-tormenta

Anuncios
Published in: on marzo 2, 2013 at 3:13 pm  Dejar un comentario