Mil flores

Así como la llegada de las primeras lluvias aplacó definitivamente el calor del verano, el paso de los días ha ido suavizando la tensión del principio. Las caras ya no me parecen tan largas y no se ha hablado una palabra más sobre el gato. Mejor así.

M. ha vuelto al trabajo después de unos días de vacaciones que aprovechó para viajar con mamá a Italia. A su regreso recibí unos pendientes y un colgante de cristal millefiori que agradecí sinceramente. Al otro individuo no lo veo más que por la noche, excepto los fines de semana. Cuando estoy sola en casa o con J. dejamos campar a Tito por el piso a sus anchas y suele acostarse en el sofá, precisamente en el lugar donde acostumbran a sentarse las dos personas que faltan, con lo cual acabamos echándonos siempre unas buenas carcajadas de complicidad.

Busco trabajo cada mañana en un portal de Internet. Es necesario ser un poco selectivo ante tanta oferta. Estoy apuntada a muchas ya, y he acudido a una entrevista para una tienda de juguetes. No hay nada seguro por el momento, aunque todavía sigo en proceso de selección. Es necesario insistir sin desanimarse. Me consuela saber que siempre podré seguir dedicándome a dar clases, para las cuales ya he redactado algunos anuncios que colocaré por toda mi zona.

Voy habituando mis oídos a la lengua del lugar, si bien pronto me gustaría comenzar a utilizarla tanto en el habla como en la escritura. En cuanto me sea posible -creo que la próxima convocatoria es en enero- comenzaré a ir a un curso. El centro donde se imparten está muy próximo a casa.

El papeleo resulta agotador, pero en poco tiempo he conseguido empadronarme y arreglar la tarjeta sanitaria, además de hacerme el carné de la biblioteca, lugar que me ha sorprendido gratamente y que tiene una sección donde los usuarios pueden coger hasta tres libros que dejan otros para quedárselos y a su vez pueden dejar allí los suyos.

Pero a pesar de todo, aunque las cosas van bien, a veces me invade la nostalgia, sobre todo por la gente querida que dejé a muchos quilómetros. Supongo que es normal, aunque sé que están ahí, tan cerca como una llamada de teléfono. De todos modos, me falta tiempo para distraerme, pues constantemente hay cosas que hacer o sitios donde acudir.

He sabido ordenar y distribuir con éxito mi habitación e instalar algunas cosas como un armario, una cómoda, una mesita abatible, unas cuantas baldas y un perchero con altillo. Me falta colgar unos cuadros, los queridos cuadros que me acompañan allá donde voy y que llenan mi espacio de colores.

He podido contemplar en una exposición la obra gráfica, pictórica y fotográfica de Alfons Mucha y ver en un cine una película de Ermanno Olmi.

Siempre es delicioso dejarse llevar entre las avenidas y las calles, observando a la gente, mirando escaparates, deteniéndose a tomar un café o una cerveza, ronroneando casi bajo el sol del Mediterráneo.

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Published in: on octubre 13, 2008 at 7:39 am  Comments (4)  
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Esperanza

Hace una semana que vivo aquí. He vuelto a la primera casa familiar, un lugar espacioso y cálido, con muchos recuerdos, con suelos de madera, chimenea y patios, con libros y películas y, desde ahora, con mi presencia y con la de mi gato.

Ya vivían aquí dos de mis hermanos y un amigo suyo que hace algunos años compartía piso con ellos en una calle del Eixample.

En cierta manera veía que mi llegada representaría un reencuentro, y digo “en cierta manera” porque mi acogida y la de mi gato no han sido como yo esperaba. Desde hace semanas se ha venido haciendo una conspiración contra el pobre animalillo, lo cual yo no he podido comprender si tengo en cuenta que a J. no le supone ningún problema y que M. suspiró toda su infancia por tener una mascota y hasta pensaba recoger uno de la calle en que vivíamos en Vigo y “despiojarlo” para traérselo a casa. La repulsa no viene por ahí, sino por parte del otro individuo que ocupa nuestro espacio. Como mi hermana M. está a partir un piñón con él y se contagia de todos sus pensamientos y decisiones, la solución más conciliadora ha sido dejar al gato en el patio más grande, el de los árboles y las enredaderas. Afortunadamente Tito ha encontrado su lugar favorito sobre un muro, bajo la copa abullonada de un granado. Pero es un gato acostumbrado a estar dentro de casa y me gustaría que pudiese andar entre nosotros y quedarse adormilado sobre alguna alfombra mientras vemos la tele o leemos. Quizás sólo sea cuestión de tiempo. Ojalá sólo sea también cuestión de tiempo que el otro individuo se vaya por donde ha venido, puesto que ésta es una casa familiar y no de huéspedes y aquí no pinta nada, y más considerando que está como invitado sin tener que pagar un céntimo de renta. Lo mismo opinan todos excepto M., y mamá, de quien es la casa, ha pasado momentos muy tensos las últimas semanas -estuvo aquí durante un mes; ayer se marchó a Galicia- con todo el follón que supuso mi llegada. Ayer por la mañana estalló en llanto en la cocina. Yo no pude retener las lágrimas viéndola así y nos abrazamos. M. tiene tan mal carácter que si echamos a su amigo puede enfadarse mucho con mamá, hasta límites insospechados, y a mamá eso le dolería como no podemos imaginar.

Espero que mi llegada no haya enturbiado nada.

Espero que Tito vaya conquistando poco a poco un corazón helado.

Espero que mamá o quien regrese o venga de visita a su propia casa no tenga que dormir en el sofá.

Espero que… sobran las palabras.

Las cosas claras y el chocolate espeso.

Published in: on octubre 5, 2008 at 10:08 am  Comments (5)  
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