I

Escucho a Mozart, el Concierto para clarinete. Las puertas cristaleras que dan afuera desde el salón están entreabiertas y los visillos leves como alas de insecto se levantan con la corriente. Hace un momento estaba desayunando. Anoche me desvelé durante unas horas y, ya habiendo amanecido, conseguí quedarme dormida.

Estoy pasando una temporada sola en casa mientras J se ha marchado de vacaciones. El piso está limpio y ordenado después de haber acabado las reformas que duraron meses. Parece un espacio nuevo, aunque tocado por la impronta del tiempo. Es como una persona de apariencia joven que ya ha experimentado mucho en la vida. Y es sumamente agradable; quizás el lugar más bonito donde haya vivido nunca. No podíamos dejar que se echase a perder. Ahora el suelo es de madera blanca con veteados grises. La claridad del suelo unida a la de las paredes ha agrandado a la vista los espacios y los ha aligerado. Todas las puertas son ahora de madera clara y dos de ellas, las que separan espacios en el pasillo, tienen grandes vanos rellenos de vidrio trabajado en ondas; la transparencia y la intimidad. La luz del recibidor se tamiza a través de la pantalla de una lámpara que parece de caramelo. Permanecen allí los carteles de ópera que coloqué con M a mi llegada. En el salón, al fondo de todo, hemos puesto sobre la chimenea el bodegón de Kalf, justo enfrente del que ya había de Caravaggio y, sobre la pared de madera, un gran póster de dioses y héroes de la mitología griega, ilustrado con vasijas y objetos de figuras rojas y negras. Los numerosos estantes, todavía por llenar, exhiben un multicolor universo de libros, discos y películas. Franqueando la gran cristalera, como en Alicia a través del espejo, está el patio ajardinado, que mimo con delicadeza. Un fragmento de paraíso desde donde sólo se oyen los pájaros. Mantengo la hiedra siempre bien recortada y miro que los árboles no alarguen tanto sus ramas como para molestar el paso de una persona bajo sus copas. Ahora la del granado pesa más, como si sintiese la gravidez de un embarazo, pues sus frutos, ya bien formados mucho después de haber desparecido las flores color naranja intenso, pesan como criaturas que no tardarán más de un mes en madurar del todo. Deforman su cuerpo y al mismo tiempo lo embellecen. Una gran sombrilla en el centro, en el espacio que los árboles no alcanzan a cubrir, protege una mesa de madera con cuatro sillas de asientos mullidos -Carey, la gata tricolor de alguna casa vecina, suele dormir encima de uno de ellos-. Sobre la mesa, una gardenia florecida adorna el aire con su delicioso aroma de flor de crema.

Intento reproducir un árbol de jade y he plantado semillas de lunaria annua.

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Published in: on julio 30, 2011 at 12:30 pm  Comments (1)