Escrito el 29/07/08

Los días han pasado rápido a pesar de las fiestas y, aunque prefiero venir en cualquier otra época del año, he tomado con alegría que las orquestas tocasen durante casi una semana hasta bien entrada la madrugada. Las noches limpias y cálidas invitaban a quedarse en las terrazas tomando cañas con gente conocida. El último concierto fue el mejor, como si se hiciese esperar; un repertorio de versiones de canciones funk que no dejó indiferente. He podido disfrutar de la familia y eso me ha dado la oportunidad de conocer un poco mejor a D., mi primo segundo, un niño de nueve años enmadrado, hablador y sumamente inquieto, pero muy inteligente y sensible. Como le he dado conversación y me he prestado a escucharlo con paciencia, enseguida hemos hecho buenas migas.

 

Ayer pasamos la mayor parte del día en Ourense, que me pareció bañada de claridad y de calma. No hizo falta tratar mucho con la gente para apreciar su infinita amabilidad. El suelo de piedra y las fachadas labradas de los edificios desprendían un olor antiguo y familiar bajo el efecto del calor y no muy lejos, en todo momento, se adivinaba la presencia del río.

 

*

 

Hoy no me encuentro nada bien. Es uno de esos días en que mi cuerpo y mi mente se sienten agitados, hasta tal punto que la sensación y la incapacidad de dominar este estado me producen un gran desasosiego y angustia. Conozco estas sensaciones, no son una novedad para mí, y sé que pasarán en algún momento. Hasta entonces, no me queda otro remedio que llevar mi desazón de la mejor manera posible. He tomado un ansiolítico, pero sé que es mejor tomarme las cosas como van llegando, vivir el segundo, respirar con calma, salir a pasear, hablar con la gente. Dentro de un rato pasarán por casa M. y F., con quienes cambiaré impresiones delante de un café o un refresco. Eso siempre me hace bien. Luego volveré a casa y cenaré con mamá, quien ha mirado mucho por mí estos días para que me encuentre mejor, pues sabe que no estoy pasando por un buen momento, lo mismo que sabe que, tarde o temprano, todo irá pasando, como la calma que llega tras la tempestad.   

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Published in: on agosto 2, 2008 at 10:02 am  Comments (2)  
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Historial

Hace aproximadamente quince días que apareció el dolor. Dolor dental, difícil de explicar por lo difuso, pero prolongado, intenso, caprichoso, desesperante. Lo achacaba a una posible especie de reflejo desagradable que me parecía que había dejado el vacío de las cordales extraídas en el quirófano hace aproximadamente dos años. Ya me ha ocurrido otras veces, aunque nunca de un modo tan exagerado. Solía desaparecer del mismo modo que había llegado. Cuando irrumpió esta vez, esperé a que se diluyera, pero continuó con tal virulencia que una noche de sábado me acerqué al Servicio de Urgencias del Hospital Central. Me miraron la boca y no encontraron nada anormal. Un análisis de sangre no indicaba infección alguna. Analgésico vía intravenosa, dos recetas y a casa. El medicamento inyectado no acaba con el dolor. Amanece y no hay apenas nadie en la calle. Me veo vagando en busca de una farmacia de guardia. Me tratan de mala manera, como si me estuviesen haciendo un favor a deshora. Pago y me marcho.

 

Visita al dentista. Tan sólo hay una pequeña caries después de dos años sin revisión y quieren restaurar un empaste viejo de aquellos plateados, además de hacerme una limpieza dental. Nada de particular. Ven necesario que me realicen una ortopantomografía. Estudiados los resultados, me cuentan que todo es normal, que el hueso y los tejidos que rodeaban a las cordales se han regenerado con éxito, que sólo aparecen algunas zonas como delineadas que indican irritación periodontal. “Tienes hipersensibilidad dental”, me dicen, algo que ya sé de buena tinta y que no me permite dormir una noche entera ni comer ni beber lo que debería.

 

Sospechan que apriete los dientes cuando duermo -consecuencia del estrés- y que eso haga que se resientan los nervios adyacentes. Entre el tratamiento de las caries, la limpieza dental y una férula de descarga, el presupuesto asciende a 400 euros. Pero no existe panacea contra la hipersensibilidad, me advierten. El caso es que el dolor continúa y lo voy paliando a base de analgésicos -600 mg de ibuprofeno cada 8 horas-, y que ante él, cada vez que reaparece, me siento perdida y vulnerable, hasta el punto de acabar llorando, no pocas veces, de impotencia y agotamiento.

 

 

 

Published in: on mayo 18, 2008 at 2:22 am  Comments (6)  
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