Son las 7, demasiado temprano para alguien que todavía no tiene que madrugar. Hoy mismo, sin horario pero sin demora, recuperaré mis contactos para empezar a dar clases lo antes posible, ya que en todo el verano no he cobrado ni un céntimo.

Me desperté sumida en la angustia e incertidumbre de una pesadilla que me pareció larga, aunque ignoro el tiempo que debió de durar. Mi estado de ánimo en la actualidad es bueno, por más que a veces, justo en la bonanza, parece que el bienestar de la vigilia dé paso a la sucesión de imágenes desagradables en el sueño. No sé a qué se debe, pero me ha ocurrido a menudo. Lo mejor es dejar que pase. Ahora, despierta, aprecio la calma de un vecindario que todavía no se ha desperezado del todo, aunque puedo apreciar el sonido metálico de una cucharilla contra una taza que casi con seguridad contiene el café del desayuno y la tos matutina del padre de esos dos niños tan traviesos de quienes conozco casi todo excepto la forma y los rasgos de sus caras, pues nunca los he visto a pesar de lo cerca que los noto.

Hago uso de una bonita pluma y de papel de calidad. Veo cómo la tinta se va secando a medida que escribo. Ambas cosas supusieron regalos de hace un tiempo.. Recuerdo las palabras de un amigo cuando decía que los pobres no podemos permitirnos el lujo de tener cosas malas. Y es cierto, en realidad lo malo a menudo se paga muy caro. No alcanzo todavía el mileurismo y no sé cuándo llegará ese día, pero lejos de quejarme, me siento afortunada. Toda mi vida he sido tan austera como ahora y por eso mismo apenas noto la crisis si no es porque se habla de ella a todas horas y en toda circunstancia. Y encima digo a mi favor que mientras la situación de paro se ha endurecido paulatinamente en todo el Estado, yo continúo con mi ocupación del curso pasado, lo cual no sé si agradecer a la suerte, ya que lo que tengo es producto de un esfuerzo constante y de una dedicación plena.

 *

Las vacaciones de verano fueron muy agradables. Repartí mi tiempo libre entre Euskadi y Galicia. En Euskadi me quedé con A en su casa de Berango, un pueblo próximo a la capital bilbaína. Poco tiempo estuve en Bilbao, pero sí visité una zona que desconocía y que me sorprendió: la costa occidental vizcaína. Como el tiempo fue magnífico en esos días, aprovechamos para ir a algunas playas cercanas; se estaba bien junto al mar tomando el sol y charlando sobre cosas de la vida. A y yo hacía ya mucho tiempo que no compartíamos impresiones. El encuentro nos vino bien a ambas. Luego partimos juntas a Galicia.

En los pueblos donde viven nuestros padres hacía, como siempre por estas fechas, mucho calor, pero la atmósfera olía a hojas verdes, a cosecha de fruta y a tierra. Mamá se portó muy bien conmigo y eso me hizo sentirme contenta y relajada. Haber hecho uso de mi asertividad con ella, no sólo no estuvo de más, sino que fue el mejor remedio para una convivencia en armonía y concordia los pocos días que duró mi visita. El resto del tiempo lo repartí entre Santiago de Compostela -siempre antigua, siempre nueva- y Vigo.. En Compostela me di el capricho de comprarme un precioso anillo de plata de ley y azabache en una joyería de la Rúa do Vilar. Más tarde, la llegada a Vigo en tren, navegando casi sobre los raíles ¡Qué alegría me supone siempre alcanzar ese mar amado! En la estación, la gratísima presencia de M con su preciosa niña que ahora tiene once meses. Para ella, unos zapatitos de charol rojo; para M, una pulsera de guipur con tréboles de hojas color azul turquesa.

Atravesar la ría en barco, instante eterno, y ver a D esperando en la estación marítima. El abrazo, las palabras, los silencios, los regalos como muestra de aprecio. Desayunar juntos en un café tranquilo con buena música, compartir el amargor fresquísimo de una Estrella de Galicia mientras comemos, un helado magnífico frente a la playa y pasar la tarde en La vie en Rose, donde la dueña, una belga enamorada del Morrazo, accede a una amena conversación en francés conmigo y me pone canciones que conozco bien.

Vuelvo a casa de mamá y pasamos una tarde con M y A, a los que hacía algunos años que no veía pero con quienes me pareció retomar, suprimiendo la ilusión del tiempo, una charla que bien pudiéramos haber dejado suspendida el día antes.

Ya no quedaban plazas en el tren diurno para volver y lo hice por la noche. A pesar de las comodidades que ofrece el tren hotel, apenas pegué ojo, con lo cual tuve que descansar todo el día siguiente en mi cama y, bueno ¡qué alegría poder haberlo hecho así!

Ya he celebrado mi 38 cumpleaños y agosto ha pasado sin pena y con gloria.

Y ahora, la rentrée.

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Published in: on septiembre 6, 2012 at 8:23 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Felicidades con mucho retraso. Precioso relato, lleno de frescura y romanticismo. Un afectuoso abrazo.

  2. Me encanta este relato y saber de tí. Besos


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