Escrito el 20/05/08

Me he venido un momento al Parque de Invierno mientras espero el comienzo de la clase siguiente. La brisa mueve las hojas nuevas de los árboles y los pájaros traspasan veloces la transparencia tibia del aire. Las hormigas escalan los peldaños enormes de una chaqueta que he dejado sobre el pequeño muro donde estoy sentada. De vez en cuando, una nube tapa el sol y hace desaparecer los contornos recientes de las sombras reflejadas en las superficies. No pienso más que en lo que está sucediendo y observo a la gente que recorre la calle, sabiendo de antemano, según el ritmo de sus pasos, adónde pueden dirigirse o de dónde vienen: ESTÁN. Otros no van a ninguna parte, pasean o permanecen en algún lugar: SON. Los que son, en general, han dejado atrás hace mucho tiempo su juventud, a pesar de la primavera. Un viejo me pregunta qué hago y me anima a continuar escribiendo en mi cuaderno. Dos señoras se lamentan por la enfermedad de alguien cercano. Los abuelos pasean bebés o perros. Muchos de los que están llevan tapados los oídos con auriculares; creo que tienen miedo de enfrentarse a la calma o al silencio, necesitan música para evitar lo que ocurre fuera o dentro de sí mismos. No saben que no es posible huir de algo que no existe (“Quizás hubo silencio cuando el mundo existía sin nosotros / Quizás sólo los sordos y los muertos puedan escucharlo”).

 

Tan sólo quedan diez minutos para comenzar: salutations, lecture, conjugaison, chansons…

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Published in: on mayo 23, 2008 at 7:06 am  Comments (5)  
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Historial

Hace aproximadamente quince días que apareció el dolor. Dolor dental, difícil de explicar por lo difuso, pero prolongado, intenso, caprichoso, desesperante. Lo achacaba a una posible especie de reflejo desagradable que me parecía que había dejado el vacío de las cordales extraídas en el quirófano hace aproximadamente dos años. Ya me ha ocurrido otras veces, aunque nunca de un modo tan exagerado. Solía desaparecer del mismo modo que había llegado. Cuando irrumpió esta vez, esperé a que se diluyera, pero continuó con tal virulencia que una noche de sábado me acerqué al Servicio de Urgencias del Hospital Central. Me miraron la boca y no encontraron nada anormal. Un análisis de sangre no indicaba infección alguna. Analgésico vía intravenosa, dos recetas y a casa. El medicamento inyectado no acaba con el dolor. Amanece y no hay apenas nadie en la calle. Me veo vagando en busca de una farmacia de guardia. Me tratan de mala manera, como si me estuviesen haciendo un favor a deshora. Pago y me marcho.

 

Visita al dentista. Tan sólo hay una pequeña caries después de dos años sin revisión y quieren restaurar un empaste viejo de aquellos plateados, además de hacerme una limpieza dental. Nada de particular. Ven necesario que me realicen una ortopantomografía. Estudiados los resultados, me cuentan que todo es normal, que el hueso y los tejidos que rodeaban a las cordales se han regenerado con éxito, que sólo aparecen algunas zonas como delineadas que indican irritación periodontal. “Tienes hipersensibilidad dental”, me dicen, algo que ya sé de buena tinta y que no me permite dormir una noche entera ni comer ni beber lo que debería.

 

Sospechan que apriete los dientes cuando duermo -consecuencia del estrés- y que eso haga que se resientan los nervios adyacentes. Entre el tratamiento de las caries, la limpieza dental y una férula de descarga, el presupuesto asciende a 400 euros. Pero no existe panacea contra la hipersensibilidad, me advierten. El caso es que el dolor continúa y lo voy paliando a base de analgésicos -600 mg de ibuprofeno cada 8 horas-, y que ante él, cada vez que reaparece, me siento perdida y vulnerable, hasta el punto de acabar llorando, no pocas veces, de impotencia y agotamiento.

 

 

 

Published in: on mayo 18, 2008 at 2:22 am  Comments (6)  
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